Libro 1: Sujeto mujer
Contraportada:
Este libro es el primero de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sujeto existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. Trataremos de comprender lo que somos y buscaremos nuevas significaciones de ser mujeres, tarea sustancial y trascendente, puesto que los significados ordenan nuestro mundo simbólico, aportan sentido y demarcan nuestra experiencia de vivir; nuevas significaciones que nos permitan caminar más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser mujeres. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno humanamente. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras de falta de respeto por parte de otros? ¿Qué pasaría si dejáramos de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes?
Construirnos como sujetos mujeres es el gran tema de la libertad de ser. Para ser sujetos en igualdad de valor tenemos que cambiar también nosotras, cambiar comprendiéndonos, respetándonos, aceptándonos en nuestra real y palpitante condición sexuada y sexual. La consciencia es un poderoso resorte para la transformación en el existir carnal. La consciencia de ser mujer se entrelaza con la consciencia de una libertad existente. ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes!
Construirnos como sujetos mujeres es el gran tema de la libertad de ser. Para ser sujetos en igualdad de valor tenemos que cambiar también nosotras, cambiar comprendiéndonos, respetándonos, aceptándonos en nuestra real y palpitante condición sexuada y sexual. La consciencia es un poderoso resorte para la transformación en el existir carnal. La consciencia de ser mujer se entrelaza con la consciencia de una libertad existente. ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes!
Índice
Introducción
El sujeto mujer
El sujeto mujer vaciado de su significación
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
Consciencia de ser mujer versus enajenación
La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer
Susurros al viento
El sujeto mujer
El sujeto mujer vaciado de su significación
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
Consciencia de ser mujer versus enajenación
La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
Consciencia de ser mujer versus enajenación
La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer
Susurros al viento
El sujeto mujer
El sujeto mujer vaciado de su significación
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
Consciencia de ser mujer versus enajenación
La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer
Bibliografía
Este libro es el primero de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sobre el sujeto existente mujer, sexuado y sexual, corpóreo y real. El propósito es ambicioso y atrevido porque vamos a hablar del sujeto existente mujer desde el mirar femenino, buscando nuevas significaciones de ser mujer, que nos permitan caminar más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser mujeres. Construir nuestros significados, comprensibles para los dos sexos, posibilitará a las mujeres ser sujetos de discurso propio, poseer palabras para decir, susurrar, gritar..., y grabarlas en nuestra moldeante carnalidad pensante y sintiente. Porque ¿puede existir un significado sin la definición correspondiente ni una interpretación conceptual que lo refrende, sin una palabra que lo represente? ¿Cómo un sujeto puede comunicar aquello que quiere decir y tener un discurso a propósito sin nombrarlo? Se pueden ignorar ciertas cosas, pero no por eso desaparecen, aunque invisibles o no nombradas, existen y causan sus efectos.
La tarea de buscar nuevas significaciones es sustancial y trascendente, puesto que los significados ordenan y clasifican nuestro mundo simbólico, aportan sentido, demarcan nuestra experiencia de vivir... Lo que se nombra y lo que se ignora crea un marco referencial en el cual la interpretación se vuelve posible. Las formas de clasificación son formas de dominación apenas perceptible, ejercen su acción persistentemente. Las personas nacemos y morimos en las significaciones que manejamos en cada instante vivido. Por tanto, la transformación es posible. Las cosas que nos suceden no son algo irremediable.
Las mujeres nacemos y nos hacemos como tales en una sociedad dada, en relación continuada con otros sexuados y sexuales. Todas las personas estamos inmersas en un devenir histórico de significados y sentido en el ser, que internalizamos al socializarnos desde que nacemos, desde que empezamos a nombrar lo que vemos para ordenar nuestro mundo y poder relacionarnos con otros. El sujeto mujer es un sujeto corpóreo, sexuado y sexual, en el proceso de vivir su personal historia; es la conciencia vivencial hecha verbo femenino, hecha palabra viva; es un sujeto social e histórico. Lo social se interioriza, se muta en palabra, en narración existente, en carne sexuada y sexual real viviendo su tiempo. El peso de siglos de historia con su cultura ejerce su acción ordenando nuestro pensar, sentir, valorar y proceder. Lo hace desde el exterior y desde el interior de nosotras mismas. Las fronteras de nuestra prisión están también en nosotras mismas y son más eficaces y nocivas que las externas.
Nuestras creencias a propósito de lo que somos las mujeres y de lo que debemos ser determinan nuestra experiencia de vida. Si cambiamos nuestras creencias, nuestra experiencia se modificará, nos vivenciaremos y nos comportaremos de distinta manera en constante comunicación con otros. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno humanamente. Crear una realidad existencial diferente es laborioso, requiere persistencia y perseverancia en el propósito creativo, un compromiso con lo soñado e imaginado como posible, y una tozuda rebelión frente a lo dado. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras de falta de respeto por parte de otros?
Las mujeres nos desenvolvemos en una constante contradicción entre la supuesta igualdad entre los sexos y la desigualdad real. La diferencia sexual, la diferencia de los dos sexos, asume muchos significados, y no deja de ser un significante que estructura a los sujetos de ambos sexos; hace que nazcan sus sueños y sus miedos, mutila sus posibilidades de ser plenos en su sexuada carnalidad, acota su caminar sexual... Cabe afirmar que históricamente hemos aceptado como norma, más que la diferencia sexual, una velada indiferencia sexual; nos hemos regido en cierto modo por un paradigma de sexo único —el masculino—, lo cual ha desembocado en la ignorancia de la infinita hondura del sexo femenino.
La condición sexuada y sexual de la mujer transita todo nuestro ser y toda nuestra viva carnalidad. Es un valor, un inconmensurable tesoro a descubrir en su verdad, bondad y belleza. La comprensión de lo que es ser mujer se empareja con la determinación de ser, es ontológica. Cuanto más conscientes seamos de nuestra honda condición sexual, cuanto más nos valoremos y nos comprendamos desde la raíz de nuestra carnalidad, más libres seremos, más fuertes y seguras caminaremos en la hazaña vital, bien erguidas y con la mirada lúcida, orgullosas de ser, de ser mujeres. De una vez por todas, las mujeres tenemos que tomar consciencia de lo que somos, centrarnos en nosotras y combatir el vacío de los sistemas femeninos de representación, porque la experiencia femenina de vida en el orden patriarcal acusa una sorda dificultad de autosignificación.
El proceso de convertirse las mujeres en sujetos plenos está dificultado por el desequilibrio valorativo entre los sexos, inscrito en el orden simbólico, y también por la realidad social que nos afecta. Solo un posicionamiento consciente, decidido y continuado en el tiempo frente al «natural» devenir de los acontecimientos puede romper ese maleficio relacional entre los sujetos mujer y hombre, que los ubica en una desigualdad existencial injusta.
El sujeto mujer tiene el mismo derecho de llegar a ser que el sujeto hombre. Y se llega a ser sujeto comprendiéndose, considerándose y conduciéndose como tal. ¿Qué pasaría si las mujeres dejáramos de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes? Es el momento de quitarnos el enajenante velo de los ojos y tomarnos muy en serio, con todo el derecho a nuestro propio desarrollo y a una vida digna, en igualdad real de oportunidades. La consciencia en el ser mujer es la ruptura del automatismo conformista con lo que hay. Ser consciente en el vivir es un modo de sujeto.
Las mujeres somos sujetos, cuerpos-palabra sexuados y sexuales dueños de nuestro decir y de nuestro actuar, de nuestra palabra y de nuestro cuerpo. Somos una viva libertad en el proceso de llegar a crearse, y esa libertad nace en la capacidad de modificación de sí. El proceso de desarrollo de un sujeto es esencialmente un proceso interior, ocurre en nosotras mismas. Cómo nos vivenciamos y cómo nos conducimos en relación con otros nos va constituyendo como individuos, escribe nuestra historia. Conscientes o no, creamos nuestros patrones de estar en el mundo y podemos cambiarlos, si así lo decidimos; de nosotras depende. Lo que sentimos, pensamos, deseamos, decidimos y hacemos nos va creando como personas, cuerpos-palabra existentes.
Construirnos como sujetos mujeres es el gran tema de la libertad de ser, de la autonomía en el latir y narrar nuestra propia historia ocupando el centro del relato, de la vida de cada una, perfectas en nuestra supuesta imperfección corpórea. Las mujeres tendríamos que reflexionar sobre la manera que tenemos de comportarnos en relación con otros y sobre las formas que tenemos de ganarnos su afecto y/o amor. Es hora de desmontar la misoginia internalizada en nuestro proceso de educación. El hábito de razonar en nuestra existencia de día a día se entrelaza con la libertad interior. Al razonar creamos.
Para cambiar lo que se desee cambiar hay que darse cuenta; la ignorancia no es buena consejera en el caminar existencial, la inconsciencia tampoco. La enajenación en el ser mujer es crucial para sustentar el orden patriarcal. La mujer enajenada tiene que creer en su insuficiencia, en su inferioridad con respecto al varón; tiene que asumir sus secundarios papeles, querer ser querida y deseada, y no pretender desarrollarse plenamente como sujeto existente mujer. La enajenación en el ser mujer nos conduce a la frustración de la vida que somos, niega la soberanía femenina en su narración biográfica. Merece la pena emplear el tiempo que se necesite para transformar la alienación en lucidez, en claridad de pensamiento, que nutrirán acciones con sentido y propósito fortalecedor en el ser cuerpo-palabra mujer, en llegar a ser en plenitud existencial.
A las mujeres se nos enseña a renunciar incluso a nosotras mismas. En nuestro proceso de socialización, internalizamos que para ser es preciso dejar de ser. Así, la enajenación en el ser mujer se conjuga con ser sobre todo para otros, y ser para otros implica también ser cuerpo para otros. La irracional aceptación de que nuestro cuerpo-palabra no nos pertenece es un elemento clave de la sujeción de la mujer en una sociedad patriarcal. También lo es la gestión de la sexualidad femenina y de la reproducción. La opresión de lo «femenino» y de las mujeres van de la mano, se unen en una trampa de subyugación.
De esa manera, las mujeres se disocian de su discurso, lo cual favorece la invisibilidad social de la mujer. También se disocian del cuerpo-palabra existente que son. Su mirada se dirige a los otros, su sentido de valía depende de ellos. Poco a poco, ser para otros se convierte en el modo de la mujer de manifestar que existe. La mujer se disocia en su hondura carnal existente, se autoanula olvidándose de sí misma, de sus necesidades como sujeto y de sus deseos. El centrar la atención de la mujer en los afectos y en las relaciones es un eficaz regulador estratégico de la biografía femenina. La mujer disociada de sí misma se vuelve ilimitada. Descubrir qué vida desea llevar no se plantea como un objetivo a conseguir. ¿Cuál es su sagrada tarea? Cuidar de otros, está claro. Su tiempo no le pertenece a ella. ¿Cuándo aprenderemos las mujeres a cuidarnos a nosotras mismas como si fuésemos lo más valioso para nosotras, lo más valioso que tenemos?
A la mujer se la controla con su propio consentimiento inconsciente. Es hora de cuestionar las verdades aprendidas y desechar las certezas al respecto de lo que significa ser mujer, aunque esta tarea sea larga y dolorosa. La transformación de las clasificaciones es fundamental para poder ser visibles socialmente sin tener que servir a otro sexo o subordinarse a su narración existente. La fuerza simbólica se ejerce directamente sobre los cuerpos sexuales. De nosotras depende crear nuevos significados y cambiar de creencias y de actitud existencial. Es trabajo nuestro. Nosotras decidiremos cómo tenemos que ser las mujeres.
Para ser sujetos sexuales en igualdad de valor tenemos que cambiar también nosotras. Así facilitaremos el cambio de los otros, sean del sexo que sean. Esta es nuestra gran tarea: cambiar comprendiéndonos, respetándonos, aceptándonos en nuestra real y palpitante «imperfección» carnal. La consciencia es un poderoso resorte para la transformación en el existir carnal. Y todo cambio que logremos en nosotras mismas es una generosa ofrenda a nuestro entorno, a la sociedad, al mundo entero, porque formamos parte de una vibrante red relacional, constantemente mudable, susceptible de mejorar o de empeorar tras nuestra intervención. Todo comportamiento manifiesta verdades instauradas o no en la sociedad. ¡Que nuestro comportamiento no trivialice lo femenino, que no sea misógino, que sea soberano! Poco a poco, los profundos cambios en nosotras mismas podrán desembocar en un cambio en las relaciones sociales colectivas, en una transformación del mundo con nuevos valores. Las mujeres podemos contribuir a que suceda algo hermoso en este maltratado mundo nuestro y crear una realidad fundamentada en la bondad, verdad y belleza. Podemos contribuir a crear un entorno relacional basado en interacciones dignas y justas con los demás. Las mujeres tenemos que comenzar por pensar, cuestionar y crear estructuras mediadoras de la existencia libre de las mujeres. ¡Soñemos un mundo mejor, convirtamos el sueño en un propósito a realizar, seamos sujetos de nuestro discurso, también del discurso social, no solo del personal!
Quizás esté llegando el tiempo en que las mujeres seamos sujetos sexuales de pleno derecho, que reinvindiquemos y valoremos nuestra condición sexuada y sexual, que respetemos el cuerpo real que somos, su expresiva sexualidad, su particular desear e interactuar con otros de igual a igual, y que jamás dejemos de hacerlo, a pesar de todos los impedimentos, a pesar de haber sido mal educadas para ser. ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes!
La autoafirmación de la mujer empieza en el acto de ejercer la consciencia. La autoconsciencia de la mujer es una gran revolución del sentido de la realidad, posibilita la búsqueda de las palabras no dichas en la experiencia de vida de las mujeres. De esa manera, aprendemos a relacionarnos de forma auténtica con nosotras mismas y decimos «sí» a una nueva concepción de una misma. El vivir consciente se asocia con el aprendizaje del profundo autocuidado de sí misma como sujeto existente integral. Seamos como seamos, cada una de nosotras es una irrepetible melodía capaz de crear, de crear seres, cosas y mundos; capaz de transformar la realidad.
La mujer consciente procura conocerse y superar sus propias limitaciones, su miedo a ser. Su desarrollo personal es su responsabilidad y su tarea; y esa tarea consiste en seguir realizando dicha tarea. Nos vamos creando en nuestras experiencias del día a día. El proceso de actividad en sí es lo importante. Cada «algo más» se sigue por otros. Lo que una mujer hace es importante para ella misma y para los demás. La experiencia de la actividad en el instante vivenciado, aquí y ahora existencial, puede traducirse en una infinidad de momentos privilegiados de creación. Por eso el éxito de la tarea de llegar a ser es seguir haciendo la tarea. Estás creando, estás dejando huella con tus acciones u omisiones; ¡eres importante!
La vida propia es un asunto personal e intransferible; es el asunto más importante que nos atañe e implica; es nuestra creación más difícil, sublime y trascendente. Nuestra vida nos pertenece. Nadie va a vivirla por nosotras. Así que el primer compromiso que tiene cada una de las mujeres es consigo misma. La mujer tiene que aprender a ser para sí sin abandonar a otros. Es necesario que las mujeres nos responsabilicemos de nosotras mismas, de cuidarnos a modo de mejor amiga. Es necesario que nos atrevamos a ser. Podemos mutar el tiempo en una continuidad de instantes de creación milagrosa. El tiempo que tenemos es nuestro, es importante, es sagrado.
El tiempo sagrado es el de la consciencia en el ser, el de la certeza de una misma en el momento vivido, el de la aparición del sentido en el ser mujer. Recuperar el sentido de nosotras mismas se entreteje con recuperar nuestro tiempo. Nuestro fin más sagrado es completar nuestro desarrollo como sujeto existente pleno. Tenemos que cambiar para volar más libres. Comprender, comprenderse, conocer, conocerse conllevan un gran placer existencial en el vivir a gusto en la propia piel. Merece la pena emplear nuestro tiempo en conseguirlo.
Cada una de las mujeres es única e irrepetible, y su experiencia de vida es una inapreciable narración abierta. La consciencia de ser mujer se entrelaza con la consciencia de una libertad existente. De nosotras depende el camino que andemos. Tenemos que decidir con propiedad, siendo conscientes de lo que realmente queremos.
La mujer consciente desea ser ella misma, es su deseo más sagrado, desea estar a gusto en su real piel y desea un buen trato por parte de los otros, que la reconozcan en su «imperfecta» concreción y que la acepten tal como es. El cuerpo que es no pertenece a otros. Ella decide. Ella dispone de sí misma. Sabe que su autonomía en el vivir pasa por una consciente apropiación del cuerpo que es.
La mujer consciente no renuncia a sí misma por ganarse a los otros. Tiene presente sus deseos y necesidades en cada etapa de la vida. La mujer consciente elige ser sujeto de sus deseos y de sus acciones. Sabe que nuestras elecciones van trazando nuestro caminar vital y determinan nuestra existencia. La mujer consciente procura elegir bien las relaciones y las experiencias que quiere vivir. La creación de su existencia se convierte en un hábito en su vivir. Un nuevo sentido en el ser se instala en el cuerpo-palabra que es.
La mujer integral descubre que el gran placer existencial es comprender y vivir a gusto, con sentido. Aprende a amar la vida que somos, a amarse y a respetarse a sí misma profundamente. El amor que siente la devuelve a su ser. Poco a poco aprende a gestionar de la mejor manera la integridad existente que es, un canto de viva libertad narrando su propia historia en continua relación con otros.
Índice
Introducción
Cuerpo-palabra mujer
El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual
Susurros al viento
Cuerpo-palabra mujer
El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual
Bibliografía
Contraportada:
Índice
Introducción
Haciéndose mujer
Susurros al viento
Haciéndose mujer
Bibliografía
Todas esas cuestiones y más impregnan las páginas de este libro, que nace de la rebelión profunda contra la reducción y el apocamiento opresivo de la mujer. A veces parece que las ideas se repiten en él, pero se van contemplando desde distintas coordenadas, ampliando la red de conexiones interpretativas. El libro se subdivide en tres partes: «El sujeto mujer», «La consciencia de ser mujer versus enajenación» y «Susurros al viento». Esta última parte es una especie de resumen susurrante de las dos primeras, un modo diferente de decir las cosas. Espero que la lectura de este libro sobre el sujeto mujer sea un próspero viaje intelectual, útil en la búsqueda de comprensión de lo que somos.
Contraportada:
Libro 2: Cuerpo-palabra mujer
Contraportada:
Este libro es el segundo
de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sujeto
existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. En esta ocasión, nos
detenemos en el cuerpo que somos, un cuerpo existente con voz propia,
palabra viva en expresión y comunicación continuadas con otros. El
cuerpo habla para que los otros lo vean, habla incluso en su silencio
lleno de palabras no dichas, siempre se expresa, se expresa por ser,
por existir.
Trataremos de comprender
lo que somos y buscaremos nuevas significaciones de ser
mujeres, tarea sustancial y trascendente, puesto que los significados
ordenan nuestro mundo simbólico, aportan sentido y demarcan nuestra
experiencia de vivir; nuevas significaciones que nos permitan caminar
más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser
mujeres. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en
nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la
reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno
humanamente. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la
insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras
de falta de respeto por parte de otros? ¿Qué pasaría si dejáramos
de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes?
¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas
como sujetos existentes! ¡Un mundo mejor es posible!
Índice
Cuerpo-palabra mujer
El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual
Susurros al viento
Cuerpo-palabra mujer
El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual
Bibliografía
Este libro es el segundo de una serie
que versará sobre la mujer, sobre el sujeto existente mujer, sexuado
y sexual, corpóreo y real. También
este libro, como el primero Sujeto mujer,
nace de la rebelión profunda contra la reducción y el apocamiento
opresivo de la mujer. Como mis anteriores escritos, apuesta por
pensar, cuestionar lo dado y reflexionar desde la libertad existente
que somos. En esta ocasión, nos detenemos en nuestra condición
corpórea, en el cuerpo que somos: una narración carnal que se
cuenta y se escucha, se ve y se percibe, habla, acaricia y crea en su
vivir latido a latido.
El
cuerpo-palabra mujer es una conciencia hecha carne sexuada y sexual
real, es el modo de ser en el mundo de cada mujer, una existencia
individuada única e irrepetible. El cuerpo que somos es una unidad
en la cual todo está interconectado, es un sistema existente
completo: cuerpo-mente-espíritu, una creación continua que se
revela y se oculta en su expresión, en cada palabra dicha o no, en
cada mirada, cada suspiro, cada caricia... Nos autoconstruimos y nos
autodestruimos minuto a minuto vivido, nos transformamos en nuestra
continuada expresión. El tiempo de cada mujer es el tiempo vivido,
un vibrante dinamismo de sucesivos nacimientos y muertes en el
proceso de llegar a ser
ella misma. Todo instante es un comienzo, un nacimiento de “algo
más”. El tiempo vivido moldea la sexuada carnalidad de la mujer en
su fluir biográfico.
El hecho de existir
corpóreo es lo más privado que hay, no es comunicable, no es
transferible, ni cabe depositar la existencia propia en manos ajenas.
Solo tú puedes vivir como tú, solo tú puedes ser tú, crear como
tú. Cada mujer es única y singular, irrepetible en su asombrosa
concreción de vida. Cada mujer crea mundos propios, particulares e
irreproducibles por otros.
El cuerpo-palabra
mujer no es el discurso que cabe postular a propósito sino el cuerpo
real con voz propia y sus verdades ocultas o desveladas, conscientes
o no, comunicables o no. El cuerpo es nuestra verdad básica, somos
cuerpos vividos que ocupan un lugar en el mundo, que se socializan en
él y tienen necesidades de hablar, de relacionarse y comunicarse con
otros cuerpos-palabra. Somos cuerpos arraigados profundamente en la
naturaleza y somos palabras vivas, en expresión y comunicación
continuadas con los otros. El cuerpo habla para que los otros lo
vean, habla incluso en su silencio lleno de palabras no dichas,
siempre se expresa, se expresa por ser, por existir.
Las mujeres somos
cuerpos existentes, por tanto vivimos en relación con otros en una
sociedad dada con su cultura correspondiente. La experiencia de ser
una mujer concreta y real en sociedades patriarcales, en las que nos
encontramos, adolece de una soterrada falta de palabras que aporten
significados desde el mirar femenino, significados que describan el
mundo de las mujeres sin distorsionarlo. En este escrito nos
implicamos en hallar significados que no condenen a la mujer a
desempeñar un papel secundario en su propia experiencia de vida, nos
implicamos en entender y reconocer cómo y por qué construimos
nuestras experiencias, el porqué de nuestras elecciones. Conscientes
o no, queriendo o no, creamos constantemente en nuestro tiempo
vivido, creamos mundos, relaciones, narraciones, seres y objetos. El
cuerpo-palabra mujer trasciende sus límites corpóreos, se vuelve
comunión con lo que lo rodea, participa en la totalidad.
La consciencia en
el vivir es una fuente increíble para la transformación
existencial, para un tiempo vivido con autenticidad. La fidelidad a
sí misma, el no olvidar quién se es y vivir consciente y atenta al
cuerpo-palabra propio, con respeto, reconocimiento y amor del bueno
generan una fuerza sin igual. Cuando una mujer decide ser ella misma
y nada más, a pesar de los pesares, se vuelve más vital, más
libre, más fuerte. ¡Y ya puede llover! ¡Basta ya de menospreciar
lo femenino, de avergonzarse y ocultar! Las mujeres no nos lo podemos
permitir. ¡Lo femenino es bello! Es bello no porque lo dicen los
hombres, es bello en sí, en su sagrado secreto. ¡Lo femenino es
bello, es bueno y es verdadero!
El descubrimiento
del ser en vez del hacer es la sagrada tarea de cada mujer. La
comprensión, el conocimiento son creación: nos creamos en la
reflexión y creamos una nueva visión del mundo, un mundo más justo
y mejor para vivir en él. Todo nace en los cuerpos-palabra que
somos. El cuerpo existente es nuestra verdad básica, nuestra casa,
nuestra Tierra. Las mujeres nunca deberíamos de estar en contra del
cuerpo que somos, no es nuestro enemigo, es nuestra fortaleza, es el
tesoro que hace posible la existencia carnal o real. La liberación
de las mujeres no pasa por la destrucción del cuerpo, ni casa con la
represión o con el menosprecio de lo femenino. La liberación de las
mujeres es una experiencia de profunda rebelión mantenida en su
tiempo vivido.
Las mujeres debemos
ser conscientes de que la opresión básica sobre nosotras se ejerce
a través de nuestra relación con nuestro propio cuerpo: es donde se
juega nuestra autonomía como sujeto mujer. El cuerpo se muta en un
vivo recordatorio al habituarse a un determinado estar en el espacio
social, a unos papeles y no a otros, a unos cometidos, tareas y
gestos y no a otros, los cuales repite una y otra vez. Poco a poco lo
social y lo cultural se hace carnal. No olvidemos que el
cuerpo-palabra mujer no sólo nace sino que también se hace mujer en
su continuada experiencia de vivir interaccionando con otros. Así,
en un orden social patriarcal, la situación de subordinación de la
mujer y su dependencia del varón se mutan en carne existente en
relación con otros.
Para ser sujetos es
imprescindible apropiarnos de nuestros cuerpos. Lo personal sigue
siendo político y viceversa. El cuerpo de la mujer es ubicado en un
campo político, con sus disposiciones y leyes. El poder opera sobre
el cuerpo sometiéndolo o no, utilizándolo, tornándolo
productivo... El cuerpo de la mujer se considera un medio para otros,
un medio para la reproducción, el disfrute, el trabajo..., no un fin
en sí mismo, único e irrepetible como sujeto existente real.
¿De quién es el
cuerpo de la mujer? El cuerpo de la mujer pertenece a ella misma y a
nadie más, y es así de rotundo. Las mujeres no somos cuerpos para
otros. Somos seres humanos de igual derecho a ser en primera persona
como los hombres. Las mujeres deberíamos decidir ser, y ser
exige aceptarse, no olvidar quién se es, exige ser conscientes y
elegir con propósito. Ser no es un estado pasivo, requiere
atención, estar presentes en la propia piel y no equivocarse de
objetivo; requiere pensar las cosas y decidir con propósito.
¿Qué pasaría si
las mujeres dejaran de concentrar sus esfuerzos en ser atractivas y
agradar a los otros, y se dedicasen a desarrollarse como personas
independientes? ¿Qué pasaría si las mujeres no pretendiesen lograr
el poder por medio de su influencia sobre los hombres sino siendo
ellas mismas poderosas creadoras de la realidad? ¿Qué pasaría si
las mujeres reivindicasen su naturaleza femenina desde la valoración,
comprensión y hondo respeto, desde el orgullo de ser mujeres?
El implicarse y comprometerse en el desarrollo personal, en nuestra
propia experiencia de vida es lo que nos da una fuerza increíble. Si
la mujer se acepta en su carnalidad real se vuelve más fuerte y
vital, se renueva en su ser. Y para aprender a ser
mujeres de una manera nueva tenemos que desaprender gran parte de lo
que se nos ha enseñado en nuestro proceso de socialización. Es hora
ya de dejar de colaborar en la propia subyugación existencial y
tomarnos muy en serio como sujetos existentes que somos, sujetos
capaces de decidir y de ser en autenticidad.
En este escrito nos
detenemos en las particularidades del cuerpo-palabra femenino, en sus
diferencias, pues es importante conocernos y comprender lo que somos
las mujeres desde una mirada lúcida, sin distorsionar lo femenino en
una absurda jerarquía sexual. Desprendernos del sexismo que todos
hemos internalizado en nuestro proceso de socialización es una ardua
labor, ya que el sexismo impregna la conciencia hecha carne que
somos. Las mujeres debemos revisar nuestros conceptos y normas,
porque también nosotras somos responsables de su perpetuación.
En el contrato
sacrificial de la mujer, esta ofrece a cambio de aprobación,
aceptación y amor, su propia persona, su narración vital como
protagonista de su biografía. Muchas mujeres desean que los otros
las acepten y las quieran, y ese deseo predomina sobre el deseo de
aceptarse y de quererse a sí mismas. De ese modo, las mismas
mujeres, de forma consciente o no, frenan su propio desarrollo,
preparándose sin querer para interpretar un papel de conformadas
perdedoras sociales.
Cabe afirmar que la
transformación de una misma es lo más genuinamente político que
hay, puesto que de poco sirve tener derechos si no se ponen en
práctica en la vida cotidiana, si las mujeres seguimos viviendo en
segunda persona en nuestra propia piel. Los prejuicios no se pueden
eliminar solo por ley. La contradicción entre ser para sí y ser
para otros está hondamente inscrita en el sujeto existente mujer,
forma parte de nosotras. Los cuerpos-palabra acusan esta tensión y,
queramos o no, se expresan incluso en su represión, entendamos o no
sus verdades.
Las mujeres
tendemos a aceptar estar en el segundo plano y subordinarnos a otros.
Con demasiada ligereza permitimos que nos controlen y nos demanden la
satisfacción de sus necesidades y de sus deseos, olvidándonos a
menudo de los nuestros. Todavía hoy, muchas mujeres eligen la
subordinación para ser aceptadas, valoradas, protegidas y queridas.
El miedo a ser abandonadas, a la invisibilidad social las ubica en la
servidumbre voluntaria, la más difícil de erradicar. A las mujeres
nos han educado bien para eso, para contribuir a conservar el orden
social establecido.
Las mujeres tenemos
que abandonar las convicciones bloqueadoras que nos impiden caminar
erguidas, con las miradas lúcidas. Debemos reconocer nuestros éxitos
como personas, debemos reconocer la riqueza y el valor de nuestras
creaciones vitales cotidianas, no siempre traducibles en cosas
tangibles, pues muchas de ellas se refieren a las relaciones, a las
emociones, al cuidado de otros y a su progreso; infinitas y
aparentemente efímeras creaciones diarias de las mujeres: alimentar,
apoyar, sanar, enseñar, animar, acompañar, sostener, proteger,
acariciar, amar... La mujer hace nacer Vida no solo en ella sino en
sus creaciones, en lo que hace, en sus encuentros emocionales con
otros, en sus caricias del alma de otros, en la fuerza de su amor;
crea sentido, crea placer en las pequeñas cosas del día a día.
¿Hay algo más trascendente, hermoso y humano que esto? Las mujeres
somos eternas luchadoras por sacar adelante a nuestros otros
queridos.
Es necesario que
las mujeres, de una vez por todas, cambiemos de actitud en nuestra
relación con nosotras mismas, ¡es primordial! Conocer y honrar el
cuerpo que somos es nuestra tarea y es nuestra responsabilidad. Nadie
lo podrá hacer por nosotras. Las mujeres tenemos que cuidar de
nosotras mismas y no esperar que alguien bienintencionado llegue a
nuestra vida y nos salve incluso de nosotras mismas. Cuidarnos es una
tarea personal, un asunto con una misma. Conocernos es un proceso, no
una acción limitada, requiere compromiso y continuidad en el tiempo
vivido. El conocimiento se va adquiriendo poco a poco en el
aprendizaje y en la acción. Y es imprescindible que conozcamos el
cuerpo que somos, cuerpo hondamente sexuado y sexual, una trepidante
creación carnal viva en constante transformación, un majestuoso
misterio existencial.
Para comprender qué
somos las mujeres nos detenemos en el cuerpo sexuado y sexual que
somos, pues es nuestra verdad básica. ¡Sí!, un cuerpo femenino con
pechos, útero, vagina, clítoris, vulva... ¡Un canto de creación
infinita! Ha llegado la hora de reivindicar la verdad, la bondad y la
belleza de nuestros cuerpos reales. ¡Rebelémonos para vivir nuestro
cuerpo de un modo renovado y creemos en hermosura realidades nuevas!
El cuerpo que somos
está sexuado desde la primera hasta la última célula, y no podemos
comprender lo que somos ignorando este hecho. Tenemos que valorar
nuestra condición, incluso amarla comprendiéndola. Tenemos que
dejar de parcelarnos en partes sexuales y partes asexuadas en una
continuada abstracción enajenante. Al liberar la mente de las
premisas falsas, aprendidas en nuestro proceso de socialización,
liberamos el cuerpo. Solo las mujeres podemos tener experiencias de
mujeres en nuestros cuerpos sexuados en femenino. Solo nosotras las
vivenciamos en nosotras mismas. ¿Cómo se puede explicar o traducir
en palabras las vivencias de un embarazo o las de dar el pecho, o las
de tener la regla mes a mes? ¿Cómo transmitir lo que suponen para
un cuerpo vivido? ¿Cómo comunicar los cambios que experimenta?
La autoafirmación
y el autoconocimiento como ser sexual son decisivos para vivirnos con
mayor autoestima y libertad. La autonomía de cada mujer se construye
en un ámbito psicológico personal en el cuerpo vivido que es. Cada
mujer puede trabajar consigo misma para ser más ella, más libre
para disfrutar en plenitud carnal real instante a instante vivido.
Las vivencias de nuestra condición sexual conforman nuestra
sexualidad, y es una relación profunda y mantenida con lo que somos,
con los otros y con lo que nos rodea. Es importante que las mujeres
nos apropiemos de nuestros cuerpos y de nuestra sexualidad.
La libertad de la
mujer puede ser redescubierta en medio de las múltiples imposiciones
a las que nos sometemos. Es cuestión de tomar consciencia y no
consentir las injusticias sociales ni las disposiciones que
contribuyan a anularnos como personas de pleno derecho a ser.
Cuidemos nuestras experiencias cotidianas para que se graben en
nosotras con palabras buenas, bellas y verdaderas, pues moldean el
cuerpo-palabra que somos.
Somos cuerpos
sexuados y sexuales, pero desconocemos realmente cómo somos,
desconocemos nuestro trepidante universo carnal, nuestra mente,
nuestro espíritu o alma. Somos cuerpo; percibimos, pensamos,
sentimos, memorizamos lo que experimentamos desde y en nosotras
mismas. Y es el cuerpo el que lo hace, sin que sepamos bien cómo lo
hace, sin que podamos detener su proceso biográfico. Realmente es el
cuerpo el que se transforma en cada instante vivido. Es la maravilla
errante que somos, mecida por el tiempo vivido, el tiempo de cada
una, integrado en el tiempo de todas.
Los conceptos que
manejamos para explicarnos lo que somos, lo que es el cuerpo,
construyen la realidad en la que nos ubicamos. Los conceptos del
cuerpo como tal y de su condición sexuada y sexual no son solo
históricos sino también políticos. La hegemonía genital en lo
sexual deriva en consecuencias para los sujetos sexuados. Las
personas vivimos en un medio de significados, los cuales emplazan
aquello que deseamos y hacemos. Si liberamos nuestra mente
liberaremos los cuerpos-palabra que somos. ¡Ya basta de atenernos a
un modelo explicativo que niega lo que en realidad somos las mujeres!
En este libro
cuestionamos lo aprendido y reflexionamos de una manera diferente.
Conocer nuestro propio cuerpo es decisivo para que las mujeres seamos
dueñas de nuestra sexualidad, para comprender y gestionar mejor ese
milagro existente que somos. Hablamos de nuestros cuerpos sexuados en
femenino, del cerebro, de la piel sintiente, de los genitales... Las
palabras pueden ser tan afiladas como las cuchillas, pueden mutilar o
incluso extirpar partes de la realidad. Por eso nos detenemos en la
vulva, el clítoris, la vagina, el útero, los ovarios... Creemos que
es fundamental que las mujeres conozcamos nuestra anatomía y sepamos
localizar sus distintas estructuras. Señalamos la importancia de un
suelo pélvico sano y fuerte, puesto que un buen tono muscular del
suelo pélvico mejora no solo la salud de la mujer sino también la
calidad de sus orgasmos. Sin embargo, en nuestras culturas no se le
da la importancia que tiene y a menudo el suelo pélvico es ignorado,
es como si no existiera salvo cuando enferma. Todas las mujeres
deberíamos tener internalizado el gran valor de esta musculatura y
acostumbrarnos a fortalecerla a diario como un hábito muy saludable.
Explicamos de una manera clara y sencilla cómo hacerlo.
También hablamos
de las hormonas sexuales de la mujer, del ciclo menstrual, de nuestra
sexualidad, nuestros deseos y nuestra amatoria. Las mujeres
nos hemos creído muchas falsedades que se nos ha contado sobre
nuestra sexualidad y hemos renunciado a placeres con objeto de
agradar a los hombres con los cuales nos relacionamos. En nuestras
sociedades se sigue reprimiendo la sexualidad femenina, se la
desatiende y se la manipula. Sin embargo, las mujeres somos sujetos
sexuales de igual valor y derechos que los hombres. Y si no es así
en la vida real, si por nacer mujer un sujeto tiene peores
oportunidades para desarrollarse y vivir plenamente, algo no va bien
en nuestras sociedades.
En el orden
patriarcal existe una “natural” tendencia a convertir al sujeto
mujer en objeto sexual, un objeto que permite a los hombres tener
erecciones y coitos. Además, a la mujer se la carga de una
culpabilidad insensata, fundamentada en el imaginario colectivo
reinante. La mujer se siente culpable por lo que ocurre y por lo que
no ocurre; la culpa la aprisiona por ser mujer en un orden social
injusto.
Las mujeres tenemos
que ser conscientes y no contentarnos con dar cuerpo a las fantasías
sexuales masculinas, tenemos que conocer los cuerpos que somos,
valorarlos y quererlos en su real imperfección. Saber cómo funciona
nuestro cuerpo, el autoconocimiento sexual y la autoafirmación
sexual son muy importantes para disfrutar en nuestra sexualidad y ser
sus dueñas. Poseemos un potencial inmenso para disfrutar en nuestras
vivencias y tenemos que responsabilizarnos de ser nosotras mismas.
Las mujeres no queremos ser libres para adoptar un modelo de
sexualidad ajeno como propio, queremos ser libres para descubrir el
nuestro.
En este escrito
hablamos brevemente de las características de la sexualidad
femenina, porque más adelante le dedicaremos un libro entero.
También reflexionamos sobre qué desean las mujeres. ¿Deseamos por
encima de todo, nos cueste lo que nos cueste, que nos deseen? ¿Las
mujeres seguimos sacrificando nuestra autonomía con tal de ser
deseadas y queridas? ¿Se nos desea a nosotras mismas o a un
fantasmal ideal que se nos atribuye por ser mujeres?
Las mujeres
deseamos con toda la intensidad de nuestro ser, instante a instante
vivido. Sí, deseamos que se nos desee y se nos quiera, pero a
nosotras mismas, respetándonos, reconociéndonos en el
cuerpo-palabra que somos cada una, con su prosa y su verso creativos,
con nuestra capacidad de crear mundos y hacer crecer. Por encima de
todo deseamos vivir a gusto, en igualdad de derechos y oportunidades,
en igualdad valorativa de los sexos... Las mujeres queremos ser
valoradas y queridas mostrándonos inteligentes, sabias,
independientes, con autoridad, mujeres completas viviendo
auténticamente nuestra narración vital, mujeres que dicen “sí”
y “no” desde la condición de sujetos, con todos los derechos a
una vida digna.
En este libro no
nos adentramos en la profundidad de la erótica ni de la amatoria
femeninas, ya lo haremos en futuras ocasiones y en los libros
correspondientes, si todo va bien. Aquí perfilamos algunas de sus
características para entender mejor el cuerpo-palabra que somos.
Así, la amatoria, la actividad sexual no solo proporciona
sensaciones placenteras sino que se vincula con una intencionalidad
existencial y es la expresión de las energías creativas del
cuerpo-palabra en relación con otros. La amatoria crea y
destruye, transforma al sujeto existente en su apertura carnal al
otro, modela la vida y crea mundos relacionales en los que ocurren
cosas que trascienden el universo de entre-dos. Es primordial que la
mujer aprenda a cuidarse y evitar excesivo sufrimiento, tiene que
valorarse y hacerse valer sin esperar que el otro sea bueno y justo
con ella, tiene que elegir bien a sus compañeros y no dejarse tratar
mal.
Las mujeres debemos
preguntarnos cómo nos gustaría que fueran nuestras relaciones
sexuales y hablar de ello con nuestras parejas, aunque sea difícil.
La intimidad entre dos se va labrando en un tiempo compartido, es
profundamente humana y nos trasciende. Parece mentira que los humanos
continuemos con la ignorancia y el oscurantismo en los asuntos que
nos atañen e importan como cuerpos-palabra existentes que somos. Sin
duda se debe a la mala educación que se nos da para vivir en verdad,
bondad y belleza existenciales.
Los cuerpos-palabra
que somos creamos en cada instante, en cada caricia, en cada
encuentro o desencuentro, influimos unos en otros. Ya es hora de que
las mujeres lo hagamos con el claro propósito de ser sujetos
existentes de pleno derecho a ser y a decir nuestras propias
palabras; ¡creemos en hermosura! ¡Un mundo mejor es posible!
Todas esas
cuestiones y más impregnan las páginas de este libro. La última
parte “Susurros al viento” es una especie de resumen susurrante,
un modo diferente de decir las cosas. Espero que la lectura de este
segundo libro sobre el sujeto existente mujer sea un próspero viaje
intelectual, útil en la búsqueda de comprensión de lo que somos.
Libro 3: Haciéndose mujer
Contraportada:
Este libro es el tercero de una serie de libros que versan sobre la mujer, sujeto existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. En él tratamos de comprender cómo nos hacemos mujeres en continuada relación con otros en una sociedad dada con su cultura correspondiente. Es un proceso
existencial que tiene lugar en un cuerpo-palabra vivo, en constante transformación; es una increíble aventura de ser mujer, una libertad existente, que crea en cada latido.
existencial que tiene lugar en un cuerpo-palabra vivo, en constante transformación; es una increíble aventura de ser mujer, una libertad existente, que crea en cada latido.
También este escrito es rebelde e invita a la reflexión desde una mirada femenina, con respeto, comprensión, humanidad y amor a la vida. Hablamos de la educación que recibimos las mujeres, de nuestra socialización, de la sexualidad femenina, del deseo y del amor, y lo hacemos en cada etapa evolutiva de nuestras vidas: en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta.
Confío que este libro contribuya a clarificar qué cosas nos ocurren a las mujeres en nuestro trepidante viaje existencial, y que nos ayude a posicionarnos como sujetos de pleno derecho a ser, en igualdad social y justicia, comprendiéndonos, respetándonos, valorándonos y cuidándonos a nosotras mismas con el amor de una amiga auténtica. ¡Un mundo mejor es posible y podemos empeñarnos en lograr crearlo!
Índice
Haciéndose mujer
Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer
La mujer en la niñez
La mujer en la adolescencia
La mujer en la edad adulta
Susurros al viento
Haciéndose mujer
Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer
La mujer en la niñez
La mujer en la adolescencia
La mujer en la edad adulta
Bibliografía
Este tercer libro de la
serie “Sujeto existente mujer” versa sobre cómo nos vamos
haciendo mujeres en una sociedad dada con su cultura correspondiente,
pues, como decía Simone de Beauvoir, no solo se nace mujer sino que
se llega a serlo. Se trata de un proceso biográfico de cada una, con
acontecimientos y puntos de inflexión comunes y particulares, pero
intransferibles y difícilmente narrables, porque suceden en un
cuerpo vivo, con sus pensamientos, sueños, vivencias, deseos e
intenciones personales. Nos vamos haciendo mujeres singulares en el
vivir, desde ese sostenido latido existencial siendo mujeres y
reconocidas como tales por los otros con quienes nos relacionamos.
Nos hacemos en continuada interacción con los otros en un mundo que
nos rodea y nos incluye, y que se va transformando en nuestro mirar,
nombrar, actuar y crear.
También este libro es
rebelde e invita a la reflexión. Creemos que pensar cuestionando lo
dado e intentando comprender contribuye a hacernos más libres, unas
creadoras de mundos más lúcidas en el crear. Cada una de nosotras
es una libertad existente capaz de crear mundos mejores para vivir en
ellos, más justos y humanos; capaz de crear con propósito
consciente, crear en belleza, bondad y verdad profundamente humanas.
En este escrito tratamos de la experiencia de vivir en nuestra piel
sexuada en femenino y sexual, de cómo nos formamos en el devenir
madurativo desde que nacemos hasta que morimos; y hablamos desde una
mirada femenina, con respeto, comprensión y humanidad.
“Haciéndose mujer”
se divide en cuatro capítulos, que abarcan el camino existencial de
la mujer desde su infancia hasta su vejez, y tratan de aclarar qué
nos sucede en cada etapa, qué deseos nos mueven, qué necesidades y
motivaciones. Después, como en los otros libros de este proyecto,
añadimos la sección de “Susurros al viento”, una especie de
resumen susurrante de todo lo dicho en el libro, pero con un estilo
diferente, que puede resultar más claro y conciso para el lector,
muy útil para reflexionar sobre algunas frases y argumentos.
En el primer capítulo
“Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer” hablamos de
las cuestiones comunes a nuestro caminar evolutivo, individual y
colectivo, como la interdependencia entre los seres humanos,
hondamente sociales y necesitados de relacionarse con otros; la
comunicación, que siempre aporta información y nos va transformando
con su “algo más”; la mutua influencia de unos sobre otros,
apenas perceptible, pero constante en su acción performativa de los
cuerpos-palabra que somos. Cada individuo es creador de mundos en sus
relaciones con otros y no se da cuenta de que lo hace, ni sabe cómo
lo hace, pero lo hace, quiera o no.
No hay dos mujeres
iguales y cada una de nosotras crea mundos únicos e irrepetibles en
sus interacciones con otros, despertando diversas potencialidades en
estos, tejiendo en común con ellos realidades, que podrían ser
otras. Esas continuas interacciones aportan significados con respecto
a ser del sexo femenino, significados creadores de sentido
existencial en el ser mujer, sentido que puede facilitar o dificultar
el desarrollo de nuestras potencialidades como sujetos existentes.
Tratamos de explicar cómo introyectamos ese sentido de ser mujer,
que nos inclina a ocupar un lugar en el mundo relacional, y, poco a
poco, aprendemos qué se espera de nosotras por ser del sexo que
somos. Hablamos de la socialización del individuo en una cultura
dada. El proceso de socialización del sujeto existente es siempre
creador. Nuestra manera de conducirnos no es congénita, se moldea
en un continuado aprendizaje en un orden social con su cultura
correspondiente; paulatinamente, lo social y lo cultural se torna
carnal existente.
Sin embargo, cada sujeto
es un individuo activo, que puede transformar su existencia y la de
los otros con sus acciones y elecciones, en su poder de decir “sí”
y “no” con propiedad o sin ella. Así que, en cualquier instante
cabe cambiar de actitud y decidir crear un mundo mejor para vivir en
él, porque lo que creamos nos crea también a nosotras,
independientemente de si somos conscientes de ello o no. Podemos ir
cambiando nuestros guiones de vida desde la comprensión de lo que
somos y de lo que hacemos con lo que somos, desde los cambios
internos que nacen en nosotras y transmutan nuestros actos y nuestro
mundo relacional.
Hablamos de los vínculos
afectivos y del amor, que nos transforma y nos hace aprender nuevas
verdades sobre nosotras mismas, sobre los otros, sobre las relaciones
con ellos y sobre el mundo. El amor que sentimos empapa nuestro ser
existente y nos transfigura con su intenso “algo más”. La
caricia sentida nos da la vida y nos abre a otra piel viva. El amor y
la humanidad se hilvanan en el tocar con afecto, en la caricia que
moldea el cuerpo-palabra existente. No obstante, el amor que sentimos
cambia en las distintas etapas evolutivas del sujeto, en concordancia
con su nivel madurativo y sus necesidades.
También hablamos del
sometimiento, del poder y de la dependencia. Los conocimientos que
adquirimos en continuada interacción con otros performan nuestra
carnalidad y la trascienden. El individuo va aprendiendo paso a paso,
se aprende algo y eso le lleva a aprender después algo más...
Nuestro mundo se amplía y se transforma constantemente conforme
desarrollamos nuestras capacidades y aprendemos nuevas habilidades.
Cada mujer es una historia inacabada mientras esté viva, y cabe
elegir la prosa o el verso con los que la narramos; en cualquier
caso, puede ser un canto de libertad y de hermosura en el ser
carnal y real, única y maravillosamente imperfecta.
Nuestra vida es un
proyecto consciente o no, que se oculta tras nuestras elecciones y
decisiones. Tendemos a reproducir aquello que aprendemos en nuestro
proceso de socialización, y ese proceso es diferente para los dos
sexos. Los mensajes que internalizamos repercuten en las
expectativas, sueños de felicidad, cometidos y papeles sociales. La
diferencia sexual se entrelaza con la desigualdad social,
característica del orden social patriarcal. La perversa y perniciosa
premisa de la supuesta “inferioridad” femenina se inscribe de
forma inconsciente en la carne existente que somos. La diferenciada
distribución del poder social entre los sexos se graba en los
cuerpos-palabra y nos moldea en nuestra carne existente, que siente y
piensa en cada latido de su ser. Sin querer ni pretenderlo, sin ser
conscientes de ello, nos convertimos en vivos recordatorios de las
verdades establecidas, porque las comunicamos de modo inconsciente al
relacionarnos con otros, no en vano la manera en que se nos socializa
en un orden dado respalda el engranaje de poder de dicho orden. Si a
las mujeres se les inculca desde pequeñas que el poder femenino es
insano y aberrante, no tenderán a desarrollarlo, salvo que se
rebelen y se posicionen conscientes en contra de esta creencia.
Así que hablamos de la
jerarquía entre los sexos, que nos gobierna en el orden patriarcal;
de la misoginia, del machismo y del androcentrismo, y de sus
repercusiones en nuestras existencias. Esos discursos sociales
propician una mala relación entre los sexos y entorpecen el
desarrollo de los sujetos existentes que conviven en su influencia,
porque los discursos sociales crean realidades, no pasan sin causar
efectos en las personas y en sus interacciones. Poco a poco, y sin
que nos demos cuenta, lo social y lo cultural se muta en carnal
existente.
Las mujeres nos vamos
haciendo en una cultura que estimula el desarrollo de unas “virtudes”
femeninas, que nos conducen a una serie de creencias, expectativas,
tareas, hábitos...; son códigos culturales que rigen la interacción
entre los sexos y nos forman como individuos sociales. Cabe
reflexionar sobre qué tipo de comportamientos femeninos se
prescriben en nuestra cultura. ¿Por qué a las mujeres se las sigue
alentando a gustar y a ser deseadas, y no se refuerza su condición
de sujetos reales y carnales, dueños de sí mismas e independientes?
¿Por qué sigue siendo vigente en nuestras sociedades modernas el
mensaje de que el poder femenino es la belleza? ¿Para qué sirve?
¿Qué desean las mujeres? ¿Desear ellas mismas o ser objetos de
deseo de otros? Desear ser sobre todo deseadas se relaciona con la
socialización de las mujeres en una cultura que ensalza la figura
femenina como objeto de deseo del hombre. Es lo que se nos comunica
desde pequeñas. Fijémonos de qué sexo son los héroes de las
historias que se nos narra desde que nacemos. Generalmente, los
héroes son los hombres, y las mujeres figuran como secundarias, como
sus amadas y deseadas, sus colaboradoras o contrarias, y, también,
como sus víctimas, pues el arquetipo complementario del héroe es el
de la víctima. La identificación femenina con el papel de víctima
debilita a las mujeres y las aleja del poder, perpetuando su posición
social subordinada.
Y hablar de la cultura y
de la socialización nos conduce a hablar de la educación. ¿Cómo
nos educan a las mujeres? ¿Para qué se nos prepara? ¿Qué verdades
nos cuentan? Nos nutrimos de una multitud de falsedades que conservan
las relaciones de poder entre los sexos en el orden patriarcal. Se
nos educa para adaptarnos a un orden social injusto y asumir el papel
social del sexo con menos derechos y oportunidades reales para su
desarrollo, de un sexo en desventaja social. Mediante la educación
se logra que la dependencia y la subordinación de las mujeres sean
muy profundas, y muchas se sienten realizadas en su papel de
secundarias, satisfechas sirviendo al éxito de los otros. A las
mujeres se nos educa para sentirnos contentas siendo del sexo
subordinado socialmente, y se nos recompensa por aceptarlo y no
rebelarse.
Asimismo, se nos enseña
a tener miedo a la libertad, miedo a decidir, a ser protagonistas,
miedo al rechazo, a la soledad, a la violencia, miedo al hombre... El
miedo es un instrumento eficaz para limitar al individuo y encauzar
sus acciones; el miedo sirve para controlar y dominar. También la
culpabilidad sentida sirve para lo mismo, y sentirse culpable sin
razón es algo muy femenino, porque hagamos lo que hagamos no nos
podemos convertir en la medida de excelencia para los dos sexos, es
decir, en un sujeto varón. Pero lo cierto es que no tenemos por qué
adecuarnos a los modelos masculinos, lo que tenemos que hacer es
reescribir nuevas formas de medir, las que no nos condenen a ser las
eternas secundarias en comparación con los hombres. Los dos sexos
son diferentes, magníficos en su ser sexuados y sexuales de igual
valor.
La educación de las
mujeres en nuestras sociedades patriarcales y androcentristas ha sido
un eficaz instrumento para preservar el orden social dado haciéndonos
sentir “naturalmente” inferiores como sexo. No se ha estimulado
en la mujer la adquisición de una buena autoestima, no se han
valorado sus obras, ni las cotidianas, necesarias para que la vida
fluya, ni las excepcionales, que pasan sin ser destacadas. ¿Para qué
hacerlo? ¿Para que se desordene el orden patriarcal? Si las mujeres
siguen creyendo en su “inferioridad” e “insuficiencia”, en
que la autoridad y el conocimiento les son ajenos, serán sumisas y
colaborarán en su subyugación. Las mujeres deberíamos
posicionarnos desde nuestro poder en el ser y entender que
nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento
consciente o no. Si las mujeres cuestionamos las verdades y las
creencias internalizadas en nuestro proceso de socialización,
nuestras experiencias de vida pueden cambiar y podríamos caminar más
libres, más orgullosas de ser mujeres, heroínas de nuestras
narraciones.
Por lo general, los
individuos no somos conscientes de la forma en que nos relacionamos,
ni de cómo influimos en otros con nuestras acciones y palabras. No
nos educan para respetar la maravilla errante que es el ser humano,
sino para ejercer poder sobre otros, para valorar el dinero y las
posesiones. El tener tiende a suplantar al ser. No nos educan en
justicia social sino en injusticia, que estructura nuestro orden
social y normaliza el gobierno de los hombres sobre las mujeres, lo
cual es nefasto para todos los sujetos, pues daña su ética. La
infravaloración de las mujeres y los prejuicios contra el sexo
femenino son un verdadero problema de las relaciones humanas. Es
necesario abrir una gran interrogación en muchas cosas que hemos
aceptado como verdades, y cuestionar, reflexionar y crear con el
propósito de ser, ser en
respeto, en igualdad y solidaridad entre los sexos, ser en un mundo
mejor, en cooperación y entendimiento, y crear en hermosura humana.
Una buena educación que predisponga a cada sexo a favor del otro es
necesaria para lograr unas buenas relaciones entre ellos. Todas las
personas formamos una inmensa red de intervenciones y relaciones, una
red plástica, cambiante y constantemente activa. El poder de
transformar la realidad está en las personas y se expresa en cada
instante vivido. Somos nosotras las que podemos decidir qué camino
seguiremos a partir de ahora, en este mágico momento que puede hacer
nacer a la maravillosa mujer que cada una oculta en la hondura de su
ser.
Todos,
mujeres y hombres, podemos cuidar de otros, todos estamos
capacitados para amar, empatizar y contribuir a que el otro se sienta
a gusto y feliz. ¿Existe algo más noble, generoso y elevado? Sin
embrago, en nuestras sociedades apenas se valora este tipo de
creación sostenida. Las personas que aman y enseñan a amar deberían
ser muy valoradas, pero, hoy por hoy, no es así en nuestras
sociedades. De todas formas, el cuidar de otros no tendría que
asociarse con el autodescuido. Es importante aprender a ser la mejor
amiga de sí misma, es un verdadero tesoro existencial que nadie nos
podrá quitar. Somos nosotras las que siempre estamos ahí, en
nuestra sentida piel. La relación personal con una misma es la más
decisiva que existe, es donde todo nace, donde se escribe la
narrativa de vida propia, de la propia sexualidad, erótica y
amatoria.
Cada
mujer pasa por distintas etapas evolutivas en su maduración y esas
etapas suceden en los cuerpos sexuados y sexuales que somos, no fuera
de nosotras ni en un mundo de ideas a propósito de la condición
sexual humana. Hablamos del cuerpo vivo, con su sexualidad, erótica
y amatoria particulares, de la mala educación sexual que se nos da,
la cual dificulta un desarrollo íntegro del sujeto mujer. Si las
personas no comprendemos lo que somos, si no apreciamos el milagro
existente que somos por ser reales, vivas y carnales, no nos
desenvolveremos bien ni nos relacionaremos bien unas con otras. La
realidad interna del individuo se prolonga en la externa, en la
realidad compartida en relación y comunicación con otros.
Deberíamos cambiar nuestra consideración de ser cuerpo, de ser
sexuados y sexuales, asignarle el gran valor que supone ser sujeto
existente real, reivindicar nuestra profunda y maravillosa humanidad.
Las mujeres nos avergonzamos demasiado de ser cuerpos reales y no
unos ideales incorpóreos, fantaseados por mentes que huyen de lo
real, y, en su ceguera existencial, no valoran lo majestuoso del
hecho de ser carnal,
de estar vivo y crear mundos, únicos e irrepetibles en cada instante
vivido.
Hablamos
de qué deseamos las mujeres, de cómo nos comportamos en el amor y
en el sexo, en ese continuum existencial
trepidante que vivimos y que nos crea en ese proceso narrativo de lo
que somos. Todo lo que tocamos cambia y las personas cambiamos en el
tocar y ser tocadas. Las mujeres debemos decidir de una vez ser
en primera persona y
relacionarnos de igual a igual con los hombres, y elegir a los
buenos, a aquellos que colaboran con nosotras y nos ayudan a vivir en
justicia y humanidad. Es muy importante elegir bien y tener claro que
el amor no lo justifica todo, que el mal trato no se debe consentir
y, si existe, la relación con ese otro que trata mal no conviene. A
todas se nos debe tratar bien y más las personas que se supone que
te quieren y te desean.
Construirnos
en sujetos es el gran tema de las mujeres, y se entrelaza con el
logro de una vida propia, con un sentido propio de la existencia, no
solo como ser para otros. La transformación en sujeto es un proceso
laborioso y largo, requiere perseverancia, esfuerzo y compromiso, una
determinación en el ser. No olvidemos que buscar el hondo placer de
ser, de ser una mujer real que está a gusto en su piel, es
una acción de rebeldía, un canto a la libertad que trastoca el
mundo que nos rodea y a los otros con los que nos relacionamos. Las
mujeres tenemos que aprender a mimar ese potencial placer de ser,
de ser nosotras mismas, perfectas en nuestra imperfección real, y
dejarle manifestarse en sus distintas formas en cada una de las
etapas de nuestras vidas. Tenemos que concentrarnos en el momento
presente y crear con propósito, conscientes, porque cada instante es
un mágico y misterioso nacimiento de otros. Si dejamos morir a la
gran mujer que existe en cada una de nosotras se perderán los mundos
que podrían nacer de su intervención. De nosotras depende cambiar
de mirada y empezar a valorar a nosotras mismas y nuestras acciones
de una manera diferente, más humana y justa. La bondad, la
solidaridad, el amor y el respeto mutuo son fundamentales para
practicar la ética del cuidado en ambos sexos y lograr buenas
relaciones entre ellos. De estas cuestiones y de muchas más tratamos
en el primer capítulo.
En
el siguiente, nos situamos en la niñez de la mujer. La historia de
cada bebé nace en su comunión con las personas más allegadas, en
una profunda y dramática dependencia para sobrevivir en el mundo.
¿Cómo la bebé adquiere los significados que le explican las cosas
que existen y califican a las personas que interactúan en ese mundo?
¿Cómo se comunica con los otros e intenta controlar algo su
incierta y menesterosa realidad? ¿Cómo crecemos y vamos madurando
en el aprendizaje? ¿De qué modo el primer mundo sensitivo de la
bebé pasa a ser también cognitivo?
Hablamos
de las particularidades de esta etapa evolutiva de la mujer, de cómo
vamos internalizando los significados, las “verdades” y los
comportamientos atribuidos a nuestro sexo, de las características y
circunstancias de hacerse mujer, de nuestro desarrollo diferenciado,
pues acontece en un cuerpo-palabra sexuado en femenino, no fuera de
él. Las habilidades y los intereses de las niñas se distinguen de
los de los niños, y es bueno tenerlo en cuenta. Los dos sexos no son
lo mismo, la diferencia sexual existe y habría que no ignorarla,
habría que darle valor, pues es humana, es real, es nuestra.
Este
capítulo trata de cómo vamos madurando en la niñez, cómo se nos
socializa en un orden dado con su cultura correspondiente; trata de
la educación y del constante aprendizaje, tanto en la familia como
en la escuela; de la adquisición de habilidades tan importantes y
vitales como el tocar, comunicarse, hablar, besar, confiar, leer,
comportarse, relacionarse, jugar con otros, compartir, tratar a los
demás, amar... ¿Qué verdades y comportamientos aprenden las niñas?
¿Para qué sirve este aprendizaje? ¿Qué consecuencias tiene?
Nuestras experiencias modelan lo que somos y derivan en expectativas;
vamos escribiendo la narración de nuestra existencia palabra a
palabra vividas.
La
familia, la escuela y el grupo de iguales son unos eficaces
instrumentos socializadores de las niñas, por eso nos detenemos en
ellos y en cómo educan. ¿Cómo preparan a las niñas para ser en el
orden social en el cual se relacionan con otros? ¿Qué desarrollo
fomentan? ¿Qué peculiaridades cabría destacar de las niñas en su
familia, en la escuela y en sus relaciones con sus pares?
En
cada etapa de su desarrollo las niñas cambian y asimismo cambian sus
formas de percibir el mundo, su estar en él, su conciencia de ser,
sus maneras de relacionarse con otros, su cuerpo existente, sus
pensamientos, emociones, vivencias, deseos, sueños, intenciones
conscientes o no. En cada etapa, conforme las niñas van madurando,
emergen nuevos mundos, y ellas tienen que aprender a desenvolverse en
ellos y seguir avanzando o no. Para poner orden en su realidad y
entender tantas novedades existenciales se recurre a la inteligencia,
que se va desarrollando en el uso. La conciencia de ser de la niña
va madurando.
También
hablamos de la sexualidad de la niña, de la identidad sexual, de lo
que desea la mujer en la etapa infantil, de la masturbación, las
fantasías sexuales y los juegos, de los abusos y posibles traumas
biográficos, de las primeras experiencias en el amor y en el sexo, y
de la educación sexual. ¿Qué pasaría si diésemos una buena
educación sexual a nuestros pequeños de ambos sexos? ¿Qué pasaría
si las niñas aprendieran a sentirse orgullosas en su sentida piel,
sexuada y sexual? Sin duda, el mundo en que viviríamos todos sería
más feliz y digno, un mundo mejor. Influir en la felicidad de las
personas debería de ser la base de la educación sexual y también
de todas las relaciones humanas.
El
siguiente capítulo trata de la mujer en la pubertad y la
adolescencia, etapas repletas de grandes y sorprendentes cambios, de
nuevas vivencias que enriquecen el bagaje biográfico del sujeto
mujer. Su cuerpo se transforma y su conciencia de ser cambia también,
se vuelve más racional y reflexiva, más ecológica y responsable;
cambia su mundo entero, ampliándose más, y tornándose más
profundo. La adolescente ya es capaz de reflexionar sobre sí misma,
sobre el mundo y los demás. Es una época de dudas,
cuestionamientos, inseguridades, descubrimientos inesperados, nuevas
vivencias y frecuentes crisis identitarias. El sujeto mujer va
avanzando por su senda existencial hacia su potencial autonomía.
Hablamos
del despertar hormonal cíclico que acontece en esta etapa, de la
menstruación, una importante experiencia, pues reorganiza la imagen
corporal de la adolescente y su realidad, introduciendo nuevas
capacidades y peligros, reafirmando su identidad sexual e
intensificando las vivencias corporales. Las chicas se vuelven
conscientes de sus genitales, que, además, sangran mensualmente. Su
esquema corporal y la relación consigo misma y con los demás
cambian. También cambia su desear. Las adolescentes empiezan a darle
mucha importancia a ser deseadas por los demás. Internalizan que la
belleza es un claro valor para la mujer y un poder femenino para
ascender socialmente en el orden social en el que conviven con otros.
Por lo general, las chicas cuidan su aspecto y aprenden a comportarse
para atraer a otros.
Las
adolescentes también apuestan por el ritual académico para ascender
socialmente, procuran ser buenas estudiantes, porque en ello les va
el lograr tener una profesión, una vida propia sin depender
económicamente de otros: cuestión radical en el planteamiento
existencial de cada sujeto adulto. Además, ser buenas estudiantes se
relaciona con la “honra” femenina de esta etapa, con ser “buenas”
chicas y no dar disgustos ni problemas a sus padres.
En
este capítulo, dedicado a las transformaciones adolescentes del
sujeto existente mujer, hablamos de muchas cosas: de las
peculiaridades femeninas en el desarrollo, de la socialización y la
educación en la familia, la escuela y en el grupo de iguales, de la
relación con ambos padres y el conflicto con ellos, de las traumas y
posibles abusos, de la autoestima, los frecuentes trastornos
alimentarios, nuevos impulsos instintivos y miedos, de los afectos y
del amor, de la sexualidad, la erótica y la amatoria adolescentes,
de la educación sexual... ¿Qué educación sexual reciben las
adolescentes? ¿Les ayuda a aprender a relacionarse bien consigo
mismas y con los otros?
Es
muy importante comprender lo que somos y qué nos sucede para poder
cambiar aquello que no nos hace bien y comenzar a caminar más
erguidas por la vida, más orgullosas de ser mujeres, sujetos
existentes con plenos derechos a su propio desarrollo. Las
adolescentes pueden aprender a ser sus mejores amigas, las que
siempre apoyan y ayudan, las que saben decir “sí” y “no” a
sí mismas; pueden aprender a confiar en sí mismas; a quererse y
respetarse de verdad a sí mismas; a pensar bien y diferenciar los
pensamientos que les ayudan a vivir a gusto en su propia piel y
crecer, de aquellos que les hacen daño y dificultan su caminar. No
se suele enseñar estas habilidades a las adolescentes, pero qué
importante es desarrollarlas.
En
esta etapa, las chicas pueden asumir que su vida es el asunto más
importante para ellas y la tienen que construir bien. Además, pueden
tomar una gran decisión: no ser misóginas, y comportarse de forma
solidaria con sus compañeras. El buen trato entre mujeres es un
valor a cultivar y cabe comenzar a hacerlo siendo adolescentes.
Asimismo, es muy importante que las chicas aprendan a exigir un buen
trato en sus relaciones con otros, y eso implica tener muy claro que
el amor no lo justifica todo, que las personas que te aman de verdad
no te tratan mal, sino que intentan cuidarte y ayudar; implica
aprender a identificar los posibles riesgos y evitarlos, y decidir,
siempre que sea posible, no vivir experiencias dañinas. Las
adolescentes pueden construir una buena existencia para sí mismas,
que repercutirá en la de los demás con los cuales se relacionen.
Hablamos
de la sexualidad, la erótica y la amatoria, de la masturbación, el
primer coito, los orgasmos... Las adolescentes sueñan con el amor y
con encontrar a esa persona con la que formarán una pareja. Las
chicas fantasean e imaginan, construyen sus deseos y sus fantasías
desde lo conocido, desde lo que perciben en su medio social con su
cultura correspondiente. Su soñar se perfila en las narraciones de
otros, que reciben por doquier. Es bueno que las adolescentes
conozcan sus fantasías e ideales de felicidad, porque las pueden
motivar a crear unas realidades y no otras, también posibles.
Es
importante que las adolescentes se comprometan con su propio
desarrollo como sujetos existentes que son, que se relacionen con los
otros que les hacen bien, que logren crear buenas relaciones con
otros y eviten las relaciones perjudiciales, que aprendan a cuidarse
de verdad, que se rodeen de estímulos que cultiven su mente: con
buena música, lectura, cine, teatro, arte, conversaciones... El
entorno influye en nuestro desarrollo y puede favorecerlo o
dificultarlo. Es conveniente que las chicas comprendan que el cultivo
de sí es tarea de una misma.
También
es importante hacer ejercicio, aprender a comer bien, evitar los
hábitos tóxicos como fumar, consumir alcohol o drogas... El tabaco
y el alcohol son unos tóxicos muy potentes y destructivos para las
adolescentes. Las chicas pueden decidir no dañar sus organismos,
porque es bueno para ellas, y tomar esta decisión es una muestra de
inteligencia. Son ellas las que deben cuidar de sí mismas, cuidarse
con profundo respeto y amor hacia esa frágil fortaleza carnal que
son. La vida es para vivirla bien, para disfrutar con el viaje
existencial y crear cosas y actos de los que podamos estar orgullosas
y que contribuyan a que ese maltratado mundo nuestro sea mejor. En
eso creo, en que todos somos importantes para construir un mundo
mejor en que vivir junto a otros, y, en un momento de nuestro caminar
existencial, podemos darnos cuenta de esto y decidir crear con mayor
lucidez, propósito y humanidad, con más amor y cuidado.
El
último capítulo trata de la edad adulta de la mujer y abarca la
juventud, la madurez y la vejez. ¡Cuántos acontecimientos en esta
larga y apasionante etapa! El objetivo óntico del sujeto adulto es
llegar a realizarse como tal, sujeto autónomo, dueño de sí mismo y
de su vida. La autorrealización supone desarrollarse como persona y
ser responsable de sí misma, implica integrar las múltiples facetas
como sujeto social de pleno derecho, objetivo que no siempre se
logra, pues requiere un esfuerzo continuado, perseverancia y cierta
rebeldía en el ser mujer en un orden patriarcal, que ni valora ni
honra el trabajo personal que supone conseguirlo. No se educa a las
mujeres para ser sujetos sociales de primer orden, ni se legisla
protegiendo sus oportunidades para combinar la condición de
trabajadora o profesional con la de ser madre. No se les enseña el
sentido de valía independiente. El orden patriarcal favorece que las
mujeres vivan a través de los demás en vez de pretender su propia
realización como sujetos existentes de pleno derecho a ser en
primera persona.
La
socialización de la mujer suele provocar la ignorancia de sus
potencialidades, subrayando algunas de sus facetas, útiles para
preservar el orden establecido y la relación entre los sexos que lo
perpetúa. Las mujeres adultas tienen que aprender a vivir a pesar
de..., a rebelarse para ser y a deshabituarse a estar en un segundo
plano en la propia narración de sus vidas. Las mujeres adultas
tenemos que desaprender muchas cosas, y decidir comportarnos como
sujetos de pleno derecho al propio desarrollo en nuestras relaciones
con otros. La mayor parte del comportamiento es inconsciente y el
“darse cuenta” es un paso importante para crear una realidad
relacional nueva, más interesante y digna para el sujeto existente
mujer. No olvidemos que el sentido de la existencia se organiza en
torno al relato que se hace de ella.
Hablamos
de los temas ocultos que estructuran nuestras vidas narradas en
femenino, temas decisivos que, sin embargo, pasan desapercibidos para
nosotras mismas. ¿Qué es lo importante para las mujeres en sus
vidas? ¿Qué motivaciones las mueven en su manera de decidir? ¿De
dónde nacen esas motivaciones? ¿Qué valoramos las mujeres? ¿Por
qué muchas mujeres se conforman con el papel de subordinadas
sociales y se sienten satisfechas e, incluso, felices en su
desempeño?
Nos
detenemos en el matrimonio y en la maternidad, y procuramos hablar
con autenticidad existencial, sin idealizarlos ni demonizarlos. ¿Qué
supone para la mujer ser madre? ¿Cuál es la letra pequeña de ese
trascendente contrato? La mujer cambia al casarse, y más al ser
madre, todo su mundo cambia, tanto el externo como el interno.
Después de ser madre ya no podrá prescindir de esa condición,
salvo excepciones, que las hay, y sentirá un profundo vínculo con
sus hijos, vínculo emocional del que quizás no logre desprenderse
nunca, pues sus hijos se crearon dentro de ella, fueron en su
interior y lo transformaron más allá de la voluntad de la mujer.
Hablamos de las relaciones de la madre con sus hijos de ambos sexos,
pues existen peculiaridades en el trato con ellos dependiendo del
sexo del que son, y eso sucede tanto si lo queremos como si no, sin
que nos demos cuenta de eso.
Es
bueno que los dos sexos comprendan que hay grandes diferencias entre
ellos, y esas diferencias se manifiestan en distintas esferas, no
solo en su anatomía, sino también en su psiquismo, en su esfera
emocional, sensibilidad, expresividad, palabra, gesto, mirada,
autoestima, sexualidad, erótica y amatoria, que van moldeándose a
lo largo de esta etapa adulta. Si ignoramos las peculiaridades de
ambos sexos seguramente no llegaremos a entender lo que somos y no
podremos relacionarnos bien. No debemos quitarle el valor a ser
sexuados y sexuales, nos deshumaniza relegándonos a vivir en el
mundo de las ideas a propósito de... Somos reales, somos carnales, y
a mucha honra. Somos unas fascinantes y continuadas fuentes de
creación. No reduzcamos nuestra inmensa profundidad carnal a una
ablativa caricatura. Comprender y valorar nuestras diferencias es
importante para que nos relacionemos mejor, de igual a igual, con
respeto entre los sexos y admiración mutua.
El
cuerpo-palabra de la mujer adulta se va transformando en la etapa
adulta, su energía va cambiando con los años. Queramos o no, no
podemos salir del cuerpo que somos, aunque algunas se ubiquen en el
espejismo de ser incorpóreas; vivimos en y desde nosotras mismas
corpóreas y reales. El cuerpo, entendámoslo o no, está vivo y se
expresa constantemente sin palabras dichas en una increíble
fisiología interna. Todo lo que vivenciamos tiene su traducción
interna en diversas sustancias, hormonas, neurotransmisores,
activaciones celulares, transformaciones pasajeras o permanentes...
El cuerpo cambia en los embarazos, la lactancia, la menopausia, la
vejez... Nos detenemos en esos períodos existenciales y en cómo
influyen en la sexualidad femenina, en nuestra erótica y amatoria.
¿Qué
es lo “normal” en la sexualidad femenina? Mientras las mujeres
corroboremos las “verdades” de siempre, referentes a nuestra
sexualidad, seguiremos contribuyendo a que se nos ignore como sujetos
sexuales de igual valor y derechos que nuestros compañeros los
hombres. Reconocerse como sujetos sexuales implica valorar la propia
condición sexual. La sexualidad femenina no debe convertirse en
servil reflejo de la masculina, tiene sus propias palabras y ricas
peculiaridades por conocer. Las mujeres deberíamos reconocer y
honrar nuestras propias vivencias, así nos conoceríamos mejor;
deberíamos aceptar y legitimar nuestras experiencias de mujeres. La
belleza, la verdad y la bondad anidan en el cuerpo-palabra sexuado en
femenino, y podemos disfrutar hondamente descubriendo y reivindicando
nuestra propia sexualidad. ¡Cuántos placeres! Sentir placer en la
existencia diaria es una acción de rebeldía de la mujer, pues ella
no se resigna a su apocamiento en el ser. No olvidemos que todas las
mujeres, tengan la edad que tengan y sean como sean, pueden sentir
placer en su viva piel, un placer profundo, reconfortante, gratuito,
libre, creador... Tenemos que darle valor al placer en el ser mujer y
aprender a cuidarlo como un auténtico tesoro existencial.
También
hablamos de las excitaciones y de los orgasmos femeninos. ¿Qué nos
ocurre cuando nos excitamos? ¿Qué peculiaridades tienen los
orgasmos femeninos? Nos detenemos en la experiencia del primer
orgasmo, en la masturbación adulta, en el primer coito, en cómo
vamos madurando sexualmente las mujeres, en cómo cambiamos con la
edad...
Y
¿qué sucede con nuestro desear, con nuestra erótica? ¿Qué desean
las mujeres? ¿Cómo van transformándose sus deseos y sus fantasías,
sus imágenes de felicidad soñada? El imaginario de las mujeres es
un rico y secreto paraje, que las nutre con las diversas ensoñaciones
que colorean su cotidianidad. ¿Con qué sueñan las jóvenes? ¿Esos
sueños permanecen inalterables a lo largo de la etapa adulta?
Asimismo nos detenemos en la orientación del deseo de la mujer
adulta. ¿La orientación del deseo de la mujer adulta puede variar
con los años? Explicamos las peculiaridades del deseo sexual
femenino y sus matizaciones en los tiempos vividos de la mujer.
Por
último, hablamos de cómo nos conducimos las mujeres adultas en el
amor y en el sexo. ¿Nuestra amatoria cambia con la edad? Hoy en día,
las relaciones sexuales y las amorosas ocurren a cualquier edad. ¿Qué
buscamos las mujeres adultas en el amor y en el sexo? ¿Hablamos de
ello con nuestras parejas? ¿Es fácil hablar de sexo y del amor con
los hombres? ¿Cuándo aprendemos a decir “no” sin sentirnos
culpables? ¿En qué momento nos armamos de valor para plantear las
cosas que nos afectan de manera sincera, con asertividad existencial?
¿Por qué a veces repetimos las mismas historias con diferentes
personas? ¿Cómo puede suceder esto? ¿Qué nos hace el amor y el
sexo? ¿Existen las relaciones tóxicas? Las mujeres tenemos que
tener cuidado al elegir a esos otros con quienes nos relacionamos,
pues los errores pueden costarnos demasiado caro, incluso la vida.
Tenemos que cuidarnos a nosotras mismas y no ponernos en riesgo ni en
nombre del amor, ni en el del deseo, bondad, generosidad o
sacrificio. No tenemos que expiar ninguna culpa por ser mujeres.
Es
importante que las mujeres sigamos aprendiendo y conquistando el
saber. Tenemos una ardua tarea: desaprender muchas de las cosas
aprendidas, cosas que nos impiden ser en libertad, realizarnos como
sujetos existentes de pleno derecho, en igualdad social y justicia.
Confío que este escrito contribuya a que lo logremos. Esta es mi
intención, la energía que me mueve y me sostiene en este ambicioso
proyecto de escribir sobre el sujeto existente mujer.



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