El sujeto existente mujer


Libro 1: Sujeto mujer

 



Contraportada:

Este libro es el primero de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sujeto existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. Trataremos de comprender lo que somos y buscaremos nuevas significaciones de ser mujeres, tarea sustancial y trascendente, puesto que los significados ordenan nuestro mundo simbólico, aportan sentido y demarcan nuestra experiencia de vivir; nuevas significaciones que nos permitan caminar más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser mujeres. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno humanamente. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras de falta de respeto por parte de otros? ¿Qué pasaría si dejáramos de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes?

Construirnos como sujetos mujeres es el gran tema de la libertad de ser. Para ser sujetos en igualdad de valor tenemos que cambiar también nosotras, cambiar comprendiéndonos, respetándonos, aceptándonos en nuestra real y palpitante condición sexuada y sexual. La consciencia es un poderoso resorte para la transformación en el existir carnal. La consciencia de ser mujer se entrelaza con la consciencia de una libertad existente. ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes!
   

Índice

Introducción

El sujeto mujer
El sujeto mujer vaciado de su significación
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
 
Consciencia de ser mujer versus enajenación

La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer
 

 
Susurros al viento

El sujeto mujer
El sujeto mujer vaciado de su significación
El sujeto-objeto mujer
El sujeto sexual mujer
 
Consciencia de ser mujer versus enajenación

La enajenación en el ser mujer
La disociación en el ser mujer
La consciencia en el ser mujer
El sujeto existente integral mujer

Bibliografía

Introducción

Este libro es el primero de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sobre el sujeto existente mujer, sexuado y sexual, corpóreo y real. El propósito es ambicioso y atrevido porque vamos a hablar del sujeto existente mujer desde el mirar femenino, buscando nuevas significaciones de ser mujer, que nos permitan caminar más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser mujeres. Construir nuestros significados, comprensibles para los dos sexos, posibilitará a las mujeres ser sujetos de discurso propio, poseer palabras para decir, susurrar, gritar..., y grabarlas en nuestra moldeante carnalidad pensante y sintiente. Porque ¿puede existir un significado sin la definición correspondiente ni una interpretación conceptual que lo refrende, sin una palabra que lo represente? ¿Cómo un sujeto puede comunicar aquello que quiere decir y tener un discurso a propósito sin nombrarlo? Se pueden ignorar ciertas cosas, pero no por eso desaparecen, aunque invisibles o no nombradas, existen y causan sus efectos.
La tarea de buscar nuevas significaciones es sustancial y trascendente, puesto que los significados ordenan y clasifican nuestro mundo simbólico, aportan sentido, demarcan nuestra experiencia de vivir... Lo que se nombra y lo que se ignora crea un marco referencial en el cual la interpretación se vuelve posible. Las formas de clasificación son formas de dominación apenas perceptible, ejercen su acción persistentemente. Las personas nacemos y morimos en las significaciones que manejamos en cada instante vivido. Por tanto, la transformación es posible. Las cosas que nos suceden no son algo irremediable.
Las mujeres nacemos y nos hacemos como tales en una sociedad dada, en relación continuada con otros sexuados y sexuales. Todas las personas estamos inmersas en un devenir histórico de significados y sentido en el ser, que internalizamos al socializarnos desde que nacemos, desde que empezamos a nombrar lo que vemos para ordenar nuestro mundo y poder relacionarnos con otros. El sujeto mujer es un sujeto corpóreo, sexuado y sexual, en el proceso de vivir su personal historia; es la conciencia vivencial hecha verbo femenino, hecha palabra viva; es un sujeto social e histórico. Lo social se interioriza, se muta en palabra, en narración existente, en carne sexuada y sexual real viviendo su tiempo. El peso de siglos de historia con su cultura ejerce su acción ordenando nuestro pensar, sentir, valorar y proceder. Lo hace desde el exterior y desde el interior de nosotras mismas. Las fronteras de nuestra prisión están también en nosotras mismas y son más eficaces y nocivas que las externas. 
Nuestras creencias a propósito de lo que somos las mujeres y de lo que debemos ser determinan nuestra experiencia de vida. Si cambiamos nuestras creencias, nuestra experiencia se modificará, nos vivenciaremos y nos comportaremos de distinta manera en constante comunicación con otros. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno humanamente. Crear una realidad existencial diferente es laborioso, requiere persistencia y perseverancia en el propósito creativo, un compromiso con lo soñado e imaginado como posible, y una tozuda rebelión frente a lo dado. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras de falta de respeto por parte de otros?
Las mujeres nos desenvolvemos en una constante contradicción entre la supuesta igualdad entre los sexos y la desigualdad real. La diferencia sexual, la diferencia de los dos sexos, asume muchos significados, y no deja de ser un significante que estructura a los sujetos de ambos sexos; hace que nazcan sus sueños y sus miedos, mutila sus posibilidades de ser plenos en su sexuada carnalidad, acota su caminar sexual... Cabe afirmar que históricamente hemos aceptado como norma, más que la diferencia sexual, una velada indiferencia sexual; nos hemos regido en cierto modo por un paradigma de sexo único —el masculino—, lo cual ha desembocado en la ignorancia de la infinita hondura del sexo femenino. 
La condición sexuada y sexual de la mujer transita todo nuestro ser y toda nuestra viva carnalidad. Es un valor, un inconmensurable tesoro a descubrir en su verdad, bondad y belleza. La comprensión de lo que es ser mujer se empareja con la determinación de ser, es ontológica. Cuanto más conscientes seamos de nuestra honda condición sexual, cuanto más nos valoremos y nos comprendamos desde la raíz de nuestra carnalidad, más libres seremos, más fuertes y seguras caminaremos en la hazaña vital, bien erguidas y con la mirada lúcida, orgullosas de ser, de ser mujeres. De una vez por todas, las mujeres tenemos que tomar consciencia de lo que somos, centrarnos en nosotras y combatir el vacío de los sistemas femeninos de representación, porque la experiencia femenina de vida en el orden patriarcal acusa una sorda dificultad de autosignificación.
El proceso de convertirse las mujeres en sujetos plenos está dificultado por el desequilibrio valorativo entre los sexos, inscrito en el orden simbólico, y también por la realidad social que nos afecta. Solo un posicionamiento consciente, decidido y continuado en el tiempo frente al «natural» devenir de los acontecimientos puede romper ese maleficio relacional entre los sujetos mujer y hombre, que los ubica en una desigualdad existencial injusta.
El sujeto mujer tiene el mismo derecho de llegar a ser que el sujeto hombre. Y se llega a ser sujeto comprendiéndose, considerándose y conduciéndose como tal. ¿Qué pasaría si las mujeres dejáramos de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes? Es el momento de quitarnos el enajenante velo de los ojos y tomarnos muy en serio, con todo el derecho a nuestro propio desarrollo y a una vida digna, en igualdad real de oportunidades. La consciencia en el ser mujer es la ruptura del automatismo conformista con lo que hay. Ser consciente en el vivir es un modo de sujeto.
Las mujeres somos sujetos, cuerpos-palabra sexuados y sexuales dueños de nuestro decir y de nuestro actuar, de nuestra palabra y de nuestro cuerpo. Somos una viva libertad en el proceso de llegar a crearse, y esa libertad nace en la capacidad de modificación de sí. El proceso de desarrollo de un sujeto es esencialmente un proceso interior, ocurre en nosotras mismas. Cómo nos vivenciamos y cómo nos conducimos en relación con otros nos va constituyendo como individuos, escribe nuestra historia.  Conscientes o no, creamos nuestros patrones de estar en el mundo y podemos cambiarlos, si así lo decidimos; de nosotras depende. Lo que sentimos, pensamos, deseamos, decidimos y hacemos nos va creando como personas, cuerpos-palabra existentes.
Construirnos como sujetos mujeres es el gran tema de la libertad de ser, de la autonomía en el latir y narrar nuestra propia historia ocupando el centro del relato, de la vida de cada una, perfectas en nuestra supuesta imperfección corpórea. Las mujeres tendríamos que reflexionar sobre la manera que tenemos de comportarnos en relación con otros y sobre las formas que tenemos de ganarnos su afecto y/o amor. Es hora de desmontar la misoginia internalizada en nuestro proceso de educación. El hábito de razonar en nuestra existencia de día a día se entrelaza con la libertad interior. Al razonar creamos.
Para cambiar lo que se desee cambiar hay que darse cuenta; la ignorancia no es buena consejera en el caminar existencial, la inconsciencia tampoco. La enajenación en el ser mujer es crucial para sustentar el orden patriarcal. La mujer enajenada tiene que creer en su insuficiencia, en su inferioridad con respecto al varón; tiene que asumir sus secundarios papeles, querer ser querida y deseada, y no pretender desarrollarse plenamente como sujeto existente mujer. La enajenación en el ser mujer nos conduce a la frustración de la vida que somos, niega la soberanía femenina en su narración biográfica. Merece la pena emplear el tiempo que se necesite para transformar la alienación en lucidez, en claridad de pensamiento, que nutrirán acciones con sentido y propósito fortalecedor en el ser cuerpo-palabra mujer, en llegar a ser en plenitud existencial.
A las mujeres se nos enseña a renunciar incluso a nosotras mismas. En nuestro proceso de socialización, internalizamos que para ser es preciso dejar de ser. Así, la enajenación en el ser mujer se conjuga con ser sobre todo para otros, y ser para otros implica también ser cuerpo para otros. La irracional aceptación de que nuestro cuerpo-palabra no nos pertenece es un elemento clave de la sujeción de la mujer en una sociedad patriarcal. También lo es la gestión de la sexualidad femenina y de la reproducción. La opresión de lo «femenino» y de las mujeres van de la mano, se unen en una trampa de subyugación.
De esa manera, las mujeres se disocian de su discurso, lo cual favorece la invisibilidad social de la mujer. También se disocian del cuerpo-palabra existente que son. Su mirada se dirige a los otros, su sentido de valía depende de ellos. Poco a poco, ser para otros se convierte en el modo de la mujer de manifestar que existe. La mujer se disocia en su hondura carnal existente, se autoanula olvidándose de sí misma, de sus necesidades como sujeto y de sus deseos. El centrar la atención de la mujer en los afectos y en las relaciones es un eficaz regulador estratégico de la biografía femenina. La mujer disociada de sí misma se vuelve ilimitada. Descubrir qué vida desea llevar no se plantea como un objetivo a conseguir. ¿Cuál es su sagrada tarea? Cuidar de otros, está claro. Su tiempo no le pertenece a ella. ¿Cuándo aprenderemos las mujeres a cuidarnos a nosotras mismas como si fuésemos lo más valioso para nosotras, lo más valioso que tenemos?
A la mujer se la controla con su propio consentimiento inconsciente. Es hora de cuestionar las verdades aprendidas y desechar las certezas al respecto de lo que significa ser mujer, aunque esta tarea sea larga y dolorosa. La transformación de las clasificaciones es fundamental para poder ser visibles socialmente sin tener que servir a otro sexo o subordinarse a su narración existente. La fuerza simbólica se ejerce directamente sobre los cuerpos sexuales. De nosotras depende crear nuevos significados y cambiar de creencias y de actitud existencial. Es trabajo nuestro. Nosotras decidiremos cómo tenemos que ser las mujeres.
Para ser sujetos sexuales en igualdad de valor tenemos que cambiar también nosotras. Así facilitaremos el cambio de los otros, sean del sexo que sean. Esta es nuestra gran tarea: cambiar comprendiéndonos, respetándonos, aceptándonos en nuestra real y palpitante «imperfección» carnal. La consciencia es un poderoso resorte para la transformación en el existir carnal. Y todo cambio que logremos en nosotras mismas es una generosa ofrenda a nuestro entorno, a la sociedad, al mundo entero, porque formamos parte de una vibrante red relacional, constantemente mudable, susceptible de mejorar o de empeorar tras nuestra intervención. Todo comportamiento manifiesta verdades instauradas o no en la sociedad. ¡Que nuestro comportamiento no trivialice lo femenino, que no sea misógino, que sea soberano! Poco a poco, los profundos cambios en nosotras mismas podrán desembocar en un cambio en las relaciones sociales colectivas, en una transformación del mundo con nuevos valores. Las mujeres podemos contribuir a que suceda algo hermoso en este maltratado mundo nuestro y crear una realidad fundamentada en la bondad, verdad y belleza. Podemos contribuir a crear un entorno relacional basado en interacciones dignas y justas con los demás. Las mujeres tenemos que comenzar por pensar, cuestionar y crear estructuras mediadoras de la existencia libre de las mujeres. ¡Soñemos un mundo mejor, convirtamos el sueño en un propósito a realizar, seamos sujetos de nuestro discurso, también del discurso social, no solo del personal!
Quizás esté llegando el tiempo en que las mujeres seamos sujetos sexuales de pleno derecho, que reinvindiquemos y valoremos nuestra condición sexuada y sexual, que respetemos el cuerpo real que somos, su expresiva sexualidad, su particular desear e interactuar con otros de igual a igual, y que jamás dejemos de hacerlo, a pesar de todos los impedimentos, a pesar de haber sido mal educadas para ser. ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes!
La autoafirmación de la mujer empieza en el acto de ejercer la consciencia. La autoconsciencia de la mujer es una gran revolución del sentido de la realidad, posibilita la búsqueda de las palabras no dichas en la experiencia de vida de las mujeres. De esa manera, aprendemos a relacionarnos de forma auténtica con nosotras mismas y decimos «sí» a una nueva concepción de una misma. El vivir consciente se asocia con el aprendizaje del profundo autocuidado de sí misma como sujeto existente integral. Seamos como seamos, cada una de nosotras es una irrepetible melodía capaz de crear, de crear seres, cosas y mundos; capaz de transformar la realidad.
La mujer consciente procura conocerse y superar sus propias limitaciones, su miedo a ser. Su desarrollo personal es su responsabilidad y su tarea; y esa tarea consiste en seguir realizando dicha tarea. Nos vamos creando en nuestras experiencias del día a día. El proceso de actividad en sí es lo importante. Cada «algo más» se sigue por otros. Lo que una mujer hace es importante para ella misma y para los demás. La experiencia de la actividad en el instante vivenciado, aquí y ahora existencial, puede  traducirse en una infinidad de momentos privilegiados de creación. Por eso el éxito de la tarea de llegar a ser es seguir haciendo la tarea. Estás creando, estás dejando huella con tus acciones u omisiones; ¡eres importante!
La vida propia es un asunto personal e intransferible; es el asunto más importante que nos atañe e implica; es nuestra creación más difícil, sublime y trascendente. Nuestra vida nos pertenece. Nadie va a vivirla por nosotras. Así que el primer compromiso que tiene cada una de las mujeres es consigo misma. La mujer tiene que aprender a ser para sí sin abandonar a otros. Es necesario que las mujeres nos responsabilicemos de nosotras mismas, de cuidarnos a modo de mejor amiga. Es necesario que nos atrevamos a ser. Podemos mutar el tiempo en una continuidad de instantes de creación milagrosa. El tiempo que tenemos es nuestro, es importante, es sagrado.
El tiempo sagrado es el de la consciencia en el ser, el de la certeza de una misma en el momento vivido, el de la aparición del sentido en el ser mujer. Recuperar el sentido de nosotras mismas se entreteje con recuperar nuestro tiempo. Nuestro fin más sagrado es completar nuestro desarrollo como sujeto existente pleno. Tenemos que cambiar para volar más libres. Comprender, comprenderse, conocer, conocerse conllevan un gran placer existencial en el vivir a gusto en la propia piel. Merece la pena emplear nuestro tiempo en conseguirlo.
Cada una de las mujeres es única e irrepetible, y su experiencia de vida es una inapreciable narración abierta. La consciencia de ser mujer se entrelaza con la consciencia de una libertad existente. De nosotras depende el camino que andemos. Tenemos que decidir con propiedad, siendo conscientes de lo que realmente queremos.
La mujer consciente desea ser ella misma, es su deseo más sagrado, desea estar a gusto en su real piel y desea un buen trato por parte de los otros, que la reconozcan en su «imperfecta» concreción y que la acepten tal como es. El cuerpo que es no pertenece a otros. Ella decide. Ella dispone de sí misma. Sabe que su autonomía en el vivir pasa por una consciente apropiación del cuerpo que es. 
La mujer consciente no renuncia a sí misma por ganarse a los otros. Tiene presente sus deseos y necesidades en cada etapa de la vida. La mujer consciente elige ser sujeto de sus deseos y de sus acciones. Sabe que nuestras elecciones van trazando nuestro caminar vital y determinan nuestra existencia. La mujer consciente procura elegir bien las relaciones y las experiencias que quiere vivir. La creación de su existencia se convierte en un hábito en su vivir. Un nuevo sentido en el ser se instala en el cuerpo-palabra que es. 
La mujer integral descubre que el gran placer existencial es comprender y vivir a gusto, con sentido. Aprende a amar la vida que somos, a amarse y a respetarse a sí misma profundamente. El amor que siente la devuelve a su ser. Poco a poco aprende a gestionar de la mejor manera la integridad existente que es, un canto de viva libertad narrando su propia historia en continua relación con otros.
Todas esas cuestiones y más impregnan las páginas de este libro, que nace de la rebelión profunda contra la reducción y el apocamiento opresivo de la mujer. A veces parece que las ideas se repiten en él, pero se van contemplando desde distintas coordenadas, ampliando la red de conexiones interpretativas. El libro se subdivide en tres partes: «El sujeto mujer», «La consciencia de ser mujer versus enajenación» y «Susurros al viento». Esta última parte es una especie de resumen susurrante de las dos primeras, un modo diferente de decir las cosas. Espero que la lectura de este libro sobre el sujeto mujer sea un próspero viaje intelectual, útil en la búsqueda de comprensión de lo que somos.


Libro 2: Cuerpo-palabra mujer






Contraportada:

Este libro es el segundo de una serie de libros que versarán sobre la mujer, sujeto existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. En esta ocasión, nos detenemos en el cuerpo que somos, un cuerpo existente con voz propia, palabra viva en expresión y comunicación continuadas con otros. El cuerpo habla para que los otros lo vean, habla incluso en su silencio lleno de palabras no dichas, siempre se expresa, se expresa por ser, por existir.
Trataremos de comprender lo que somos y buscaremos nuevas significaciones de ser mujeres, tarea sustancial y trascendente, puesto que los significados ordenan nuestro mundo simbólico, aportan sentido y demarcan nuestra experiencia de vivir; nuevas significaciones que nos permitan caminar más libres y plenas por la vida, con el orgullo de ser mujeres. La posibilidad de elegir y de trascender lo dado está en nosotras. Podemos construir un orden de cosas diferente desde la reflexión y el cuestionamiento, un orden más justo y digno humanamente. ¿Qué pasaría si las mujeres no consintiéramos la insolidaridad con nosotras en la existencia cotidiana ni las muestras de falta de respeto por parte de otros? ¿Qué pasaría si dejáramos de colaborar en nuestra sostenida reducción como sujetos existentes? ¡Transformemos nuestra realidad transformándonos a nosotras mismas como sujetos existentes! ¡Un mundo mejor es posible!
    

Índice

Introducción
Cuerpo-palabra mujer

El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual

 
Susurros al viento

Cuerpo-palabra mujer
El existente corpóreo mujer
El cuerpo-palabra de la mujer
El cuerpo femenino vivido: cuerpo sexuado y sexual 

Bibliografía

Introducción

Este libro es el segundo de una serie que versará sobre la mujer, sobre el sujeto existente mujer, sexuado y sexual, corpóreo y real. También este libro, como el primero Sujeto mujer, nace de la rebelión profunda contra la reducción y el apocamiento opresivo de la mujer. Como mis anteriores escritos, apuesta por pensar, cuestionar lo dado y reflexionar desde la libertad existente que somos. En esta ocasión, nos detenemos en nuestra condición corpórea, en el cuerpo que somos: una narración carnal que se cuenta y se escucha, se ve y se percibe, habla, acaricia y crea en su vivir latido a latido.
El cuerpo-palabra mujer es una conciencia hecha carne sexuada y sexual real, es el modo de ser en el mundo de cada mujer, una existencia individuada única e irrepetible. El cuerpo que somos es una unidad en la cual todo está interconectado, es un sistema existente completo: cuerpo-mente-espíritu, una creación continua que se revela y se oculta en su expresión, en cada palabra dicha o no, en cada mirada, cada suspiro, cada caricia... Nos autoconstruimos y nos autodestruimos minuto a minuto vivido, nos transformamos en nuestra continuada expresión. El tiempo de cada mujer es el tiempo vivido, un vibrante dinamismo de sucesivos nacimientos y muertes en el proceso de llegar a ser ella misma. Todo instante es un comienzo, un nacimiento de “algo más”. El tiempo vivido moldea la sexuada carnalidad de la mujer en su fluir biográfico.
El hecho de existir corpóreo es lo más privado que hay, no es comunicable, no es transferible, ni cabe depositar la existencia propia en manos ajenas. Solo tú puedes vivir como tú, solo tú puedes ser tú, crear como tú. Cada mujer es única y singular, irrepetible en su asombrosa concreción de vida. Cada mujer crea mundos propios, particulares e irreproducibles por otros.
El cuerpo-palabra mujer no es el discurso que cabe postular a propósito sino el cuerpo real con voz propia y sus verdades ocultas o desveladas, conscientes o no, comunicables o no. El cuerpo es nuestra verdad básica, somos cuerpos vividos que ocupan un lugar en el mundo, que se socializan en él y tienen necesidades de hablar, de relacionarse y comunicarse con otros cuerpos-palabra. Somos cuerpos arraigados profundamente en la naturaleza y somos palabras vivas, en expresión y comunicación continuadas con los otros. El cuerpo habla para que los otros lo vean, habla incluso en su silencio lleno de palabras no dichas, siempre se expresa, se expresa por ser, por existir.
Las mujeres somos cuerpos existentes, por tanto vivimos en relación con otros en una sociedad dada con su cultura correspondiente. La experiencia de ser una mujer concreta y real en sociedades patriarcales, en las que nos encontramos, adolece de una soterrada falta de palabras que aporten significados desde el mirar femenino, significados que describan el mundo de las mujeres sin distorsionarlo. En este escrito nos implicamos en hallar significados que no condenen a la mujer a desempeñar un papel secundario en su propia experiencia de vida, nos implicamos en entender y reconocer cómo y por qué construimos nuestras experiencias, el porqué de nuestras elecciones. Conscientes o no, queriendo o no, creamos constantemente en nuestro tiempo vivido, creamos mundos, relaciones, narraciones, seres y objetos. El cuerpo-palabra mujer trasciende sus límites corpóreos, se vuelve comunión con lo que lo rodea, participa en la totalidad.
La consciencia en el vivir es una fuente increíble para la transformación existencial, para un tiempo vivido con autenticidad. La fidelidad a sí misma, el no olvidar quién se es y vivir consciente y atenta al cuerpo-palabra propio, con respeto, reconocimiento y amor del bueno generan una fuerza sin igual. Cuando una mujer decide ser ella misma y nada más, a pesar de los pesares, se vuelve más vital, más libre, más fuerte. ¡Y ya puede llover! ¡Basta ya de menospreciar lo femenino, de avergonzarse y ocultar! Las mujeres no nos lo podemos permitir. ¡Lo femenino es bello! Es bello no porque lo dicen los hombres, es bello en sí, en su sagrado secreto. ¡Lo femenino es bello, es bueno y es verdadero!
El descubrimiento del ser en vez del hacer es la sagrada tarea de cada mujer. La comprensión, el conocimiento son creación: nos creamos en la reflexión y creamos una nueva visión del mundo, un mundo más justo y mejor para vivir en él. Todo nace en los cuerpos-palabra que somos. El cuerpo existente es nuestra verdad básica, nuestra casa, nuestra Tierra. Las mujeres nunca deberíamos de estar en contra del cuerpo que somos, no es nuestro enemigo, es nuestra fortaleza, es el tesoro que hace posible la existencia carnal o real. La liberación de las mujeres no pasa por la destrucción del cuerpo, ni casa con la represión o con el menosprecio de lo femenino. La liberación de las mujeres es una experiencia de profunda rebelión mantenida en su tiempo vivido.
Las mujeres debemos ser conscientes de que la opresión básica sobre nosotras se ejerce a través de nuestra relación con nuestro propio cuerpo: es donde se juega nuestra autonomía como sujeto mujer. El cuerpo se muta en un vivo recordatorio al habituarse a un determinado estar en el espacio social, a unos papeles y no a otros, a unos cometidos, tareas y gestos y no a otros, los cuales repite una y otra vez. Poco a poco lo social y lo cultural se hace carnal. No olvidemos que el cuerpo-palabra mujer no sólo nace sino que también se hace mujer en su continuada experiencia de vivir interaccionando con otros. Así, en un orden social patriarcal, la situación de subordinación de la mujer y su dependencia del varón se mutan en carne existente en relación con otros.
Para ser sujetos es imprescindible apropiarnos de nuestros cuerpos. Lo personal sigue siendo político y viceversa. El cuerpo de la mujer es ubicado en un campo político, con sus disposiciones y leyes. El poder opera sobre el cuerpo sometiéndolo o no, utilizándolo, tornándolo productivo... El cuerpo de la mujer se considera un medio para otros, un medio para la reproducción, el disfrute, el trabajo..., no un fin en sí mismo, único e irrepetible como sujeto existente real.
¿De quién es el cuerpo de la mujer? El cuerpo de la mujer pertenece a ella misma y a nadie más, y es así de rotundo. Las mujeres no somos cuerpos para otros. Somos seres humanos de igual derecho a ser en primera persona como los hombres. Las mujeres deberíamos decidir ser, y ser exige aceptarse, no olvidar quién se es, exige ser conscientes y elegir con propósito. Ser no es un estado pasivo, requiere atención, estar presentes en la propia piel y no equivocarse de objetivo; requiere pensar las cosas y decidir con propósito.
¿Qué pasaría si las mujeres dejaran de concentrar sus esfuerzos en ser atractivas y agradar a los otros, y se dedicasen a desarrollarse como personas independientes? ¿Qué pasaría si las mujeres no pretendiesen lograr el poder por medio de su influencia sobre los hombres sino siendo ellas mismas poderosas creadoras de la realidad? ¿Qué pasaría si las mujeres reivindicasen su naturaleza femenina desde la valoración, comprensión y hondo respeto, desde el orgullo de ser mujeres? El implicarse y comprometerse en el desarrollo personal, en nuestra propia experiencia de vida es lo que nos da una fuerza increíble. Si la mujer se acepta en su carnalidad real se vuelve más fuerte y vital, se renueva en su ser. Y para aprender a ser mujeres de una manera nueva tenemos que desaprender gran parte de lo que se nos ha enseñado en nuestro proceso de socialización. Es hora ya de dejar de colaborar en la propia subyugación existencial y tomarnos muy en serio como sujetos existentes que somos, sujetos capaces de decidir y de ser en autenticidad.
En este escrito nos detenemos en las particularidades del cuerpo-palabra femenino, en sus diferencias, pues es importante conocernos y comprender lo que somos las mujeres desde una mirada lúcida, sin distorsionar lo femenino en una absurda jerarquía sexual. Desprendernos del sexismo que todos hemos internalizado en nuestro proceso de socialización es una ardua labor, ya que el sexismo impregna la conciencia hecha carne que somos. Las mujeres debemos revisar nuestros conceptos y normas, porque también nosotras somos responsables de su perpetuación.
En el contrato sacrificial de la mujer, esta ofrece a cambio de aprobación, aceptación y amor, su propia persona, su narración vital como protagonista de su biografía. Muchas mujeres desean que los otros las acepten y las quieran, y ese deseo predomina sobre el deseo de aceptarse y de quererse a sí mismas. De ese modo, las mismas mujeres, de forma consciente o no, frenan su propio desarrollo, preparándose sin querer para interpretar un papel de conformadas perdedoras sociales.
Cabe afirmar que la transformación de una misma es lo más genuinamente político que hay, puesto que de poco sirve tener derechos si no se ponen en práctica en la vida cotidiana, si las mujeres seguimos viviendo en segunda persona en nuestra propia piel. Los prejuicios no se pueden eliminar solo por ley. La contradicción entre ser para sí y ser para otros está hondamente inscrita en el sujeto existente mujer, forma parte de nosotras. Los cuerpos-palabra acusan esta tensión y, queramos o no, se expresan incluso en su represión, entendamos o no sus verdades.
Las mujeres tendemos a aceptar estar en el segundo plano y subordinarnos a otros. Con demasiada ligereza permitimos que nos controlen y nos demanden la satisfacción de sus necesidades y de sus deseos, olvidándonos a menudo de los nuestros. Todavía hoy, muchas mujeres eligen la subordinación para ser aceptadas, valoradas, protegidas y queridas. El miedo a ser abandonadas, a la invisibilidad social las ubica en la servidumbre voluntaria, la más difícil de erradicar. A las mujeres nos han educado bien para eso, para contribuir a conservar el orden social establecido.
Las mujeres tenemos que abandonar las convicciones bloqueadoras que nos impiden caminar erguidas, con las miradas lúcidas. Debemos reconocer nuestros éxitos como personas, debemos reconocer la riqueza y el valor de nuestras creaciones vitales cotidianas, no siempre traducibles en cosas tangibles, pues muchas de ellas se refieren a las relaciones, a las emociones, al cuidado de otros y a su progreso; infinitas y aparentemente efímeras creaciones diarias de las mujeres: alimentar, apoyar, sanar, enseñar, animar, acompañar, sostener, proteger, acariciar, amar... La mujer hace nacer Vida no solo en ella sino en sus creaciones, en lo que hace, en sus encuentros emocionales con otros, en sus caricias del alma de otros, en la fuerza de su amor; crea sentido, crea placer en las pequeñas cosas del día a día. ¿Hay algo más trascendente, hermoso y humano que esto? Las mujeres somos eternas luchadoras por sacar adelante a nuestros otros queridos.
Es necesario que las mujeres, de una vez por todas, cambiemos de actitud en nuestra relación con nosotras mismas, ¡es primordial! Conocer y honrar el cuerpo que somos es nuestra tarea y es nuestra responsabilidad. Nadie lo podrá hacer por nosotras. Las mujeres tenemos que cuidar de nosotras mismas y no esperar que alguien bienintencionado llegue a nuestra vida y nos salve incluso de nosotras mismas. Cuidarnos es una tarea personal, un asunto con una misma. Conocernos es un proceso, no una acción limitada, requiere compromiso y continuidad en el tiempo vivido. El conocimiento se va adquiriendo poco a poco en el aprendizaje y en la acción. Y es imprescindible que conozcamos el cuerpo que somos, cuerpo hondamente sexuado y sexual, una trepidante creación carnal viva en constante transformación, un majestuoso misterio existencial.
Para comprender qué somos las mujeres nos detenemos en el cuerpo sexuado y sexual que somos, pues es nuestra verdad básica. ¡Sí!, un cuerpo femenino con pechos, útero, vagina, clítoris, vulva... ¡Un canto de creación infinita! Ha llegado la hora de reivindicar la verdad, la bondad y la belleza de nuestros cuerpos reales. ¡Rebelémonos para vivir nuestro cuerpo de un modo renovado y creemos en hermosura realidades nuevas!
El cuerpo que somos está sexuado desde la primera hasta la última célula, y no podemos comprender lo que somos ignorando este hecho. Tenemos que valorar nuestra condición, incluso amarla comprendiéndola. Tenemos que dejar de parcelarnos en partes sexuales y partes asexuadas en una continuada abstracción enajenante. Al liberar la mente de las premisas falsas, aprendidas en nuestro proceso de socialización, liberamos el cuerpo. Solo las mujeres podemos tener experiencias de mujeres en nuestros cuerpos sexuados en femenino. Solo nosotras las vivenciamos en nosotras mismas. ¿Cómo se puede explicar o traducir en palabras las vivencias de un embarazo o las de dar el pecho, o las de tener la regla mes a mes? ¿Cómo transmitir lo que suponen para un cuerpo vivido? ¿Cómo comunicar los cambios que experimenta?
La autoafirmación y el autoconocimiento como ser sexual son decisivos para vivirnos con mayor autoestima y libertad. La autonomía de cada mujer se construye en un ámbito psicológico personal en el cuerpo vivido que es. Cada mujer puede trabajar consigo misma para ser más ella, más libre para disfrutar en plenitud carnal real instante a instante vivido. Las vivencias de nuestra condición sexual conforman nuestra sexualidad, y es una relación profunda y mantenida con lo que somos, con los otros y con lo que nos rodea. Es importante que las mujeres nos apropiemos de nuestros cuerpos y de nuestra sexualidad.
La libertad de la mujer puede ser redescubierta en medio de las múltiples imposiciones a las que nos sometemos. Es cuestión de tomar consciencia y no consentir las injusticias sociales ni las disposiciones que contribuyan a anularnos como personas de pleno derecho a ser. Cuidemos nuestras experiencias cotidianas para que se graben en nosotras con palabras buenas, bellas y verdaderas, pues moldean el cuerpo-palabra que somos.
Somos cuerpos sexuados y sexuales, pero desconocemos realmente cómo somos, desconocemos nuestro trepidante universo carnal, nuestra mente, nuestro espíritu o alma. Somos cuerpo; percibimos, pensamos, sentimos, memorizamos lo que experimentamos desde y en nosotras mismas. Y es el cuerpo el que lo hace, sin que sepamos bien cómo lo hace, sin que podamos detener su proceso biográfico. Realmente es el cuerpo el que se transforma en cada instante vivido. Es la maravilla errante que somos, mecida por el tiempo vivido, el tiempo de cada una, integrado en el tiempo de todas.
Los conceptos que manejamos para explicarnos lo que somos, lo que es el cuerpo, construyen la realidad en la que nos ubicamos. Los conceptos del cuerpo como tal y de su condición sexuada y sexual no son solo históricos sino también políticos. La hegemonía genital en lo sexual deriva en consecuencias para los sujetos sexuados. Las personas vivimos en un medio de significados, los cuales emplazan aquello que deseamos y hacemos. Si liberamos nuestra mente liberaremos los cuerpos-palabra que somos. ¡Ya basta de atenernos a un modelo explicativo que niega lo que en realidad somos las mujeres!
En este libro cuestionamos lo aprendido y reflexionamos de una manera diferente. Conocer nuestro propio cuerpo es decisivo para que las mujeres seamos dueñas de nuestra sexualidad, para comprender y gestionar mejor ese milagro existente que somos. Hablamos de nuestros cuerpos sexuados en femenino, del cerebro, de la piel sintiente, de los genitales... Las palabras pueden ser tan afiladas como las cuchillas, pueden mutilar o incluso extirpar partes de la realidad. Por eso nos detenemos en la vulva, el clítoris, la vagina, el útero, los ovarios... Creemos que es fundamental que las mujeres conozcamos nuestra anatomía y sepamos localizar sus distintas estructuras. Señalamos la importancia de un suelo pélvico sano y fuerte, puesto que un buen tono muscular del suelo pélvico mejora no solo la salud de la mujer sino también la calidad de sus orgasmos. Sin embargo, en nuestras culturas no se le da la importancia que tiene y a menudo el suelo pélvico es ignorado, es como si no existiera salvo cuando enferma. Todas las mujeres deberíamos tener internalizado el gran valor de esta musculatura y acostumbrarnos a fortalecerla a diario como un hábito muy saludable. Explicamos de una manera clara y sencilla cómo hacerlo.
También hablamos de las hormonas sexuales de la mujer, del ciclo menstrual, de nuestra sexualidad, nuestros deseos y nuestra amatoria. Las mujeres nos hemos creído muchas falsedades que se nos ha contado sobre nuestra sexualidad y hemos renunciado a placeres con objeto de agradar a los hombres con los cuales nos relacionamos. En nuestras sociedades se sigue reprimiendo la sexualidad femenina, se la desatiende y se la manipula. Sin embargo, las mujeres somos sujetos sexuales de igual valor y derechos que los hombres. Y si no es así en la vida real, si por nacer mujer un sujeto tiene peores oportunidades para desarrollarse y vivir plenamente, algo no va bien en nuestras sociedades.
En el orden patriarcal existe una “natural” tendencia a convertir al sujeto mujer en objeto sexual, un objeto que permite a los hombres tener erecciones y coitos. Además, a la mujer se la carga de una culpabilidad insensata, fundamentada en el imaginario colectivo reinante. La mujer se siente culpable por lo que ocurre y por lo que no ocurre; la culpa la aprisiona por ser mujer en un orden social injusto.
Las mujeres tenemos que ser conscientes y no contentarnos con dar cuerpo a las fantasías sexuales masculinas, tenemos que conocer los cuerpos que somos, valorarlos y quererlos en su real imperfección. Saber cómo funciona nuestro cuerpo, el autoconocimiento sexual y la autoafirmación sexual son muy importantes para disfrutar en nuestra sexualidad y ser sus dueñas. Poseemos un potencial inmenso para disfrutar en nuestras vivencias y tenemos que responsabilizarnos de ser nosotras mismas. Las mujeres no queremos ser libres para adoptar un modelo de sexualidad ajeno como propio, queremos ser libres para descubrir el nuestro.
En este escrito hablamos brevemente de las características de la sexualidad femenina, porque más adelante le dedicaremos un libro entero. También reflexionamos sobre qué desean las mujeres. ¿Deseamos por encima de todo, nos cueste lo que nos cueste, que nos deseen? ¿Las mujeres seguimos sacrificando nuestra autonomía con tal de ser deseadas y queridas? ¿Se nos desea a nosotras mismas o a un fantasmal ideal que se nos atribuye por ser mujeres?
Las mujeres deseamos con toda la intensidad de nuestro ser, instante a instante vivido. Sí, deseamos que se nos desee y se nos quiera, pero a nosotras mismas, respetándonos, reconociéndonos en el cuerpo-palabra que somos cada una, con su prosa y su verso creativos, con nuestra capacidad de crear mundos y hacer crecer. Por encima de todo deseamos vivir a gusto, en igualdad de derechos y oportunidades, en igualdad valorativa de los sexos... Las mujeres queremos ser valoradas y queridas mostrándonos inteligentes, sabias, independientes, con autoridad, mujeres completas viviendo auténticamente nuestra narración vital, mujeres que dicen “sí” y “no” desde la condición de sujetos, con todos los derechos a una vida digna.
En este libro no nos adentramos en la profundidad de la erótica ni de la amatoria femeninas, ya lo haremos en futuras ocasiones y en los libros correspondientes, si todo va bien. Aquí perfilamos algunas de sus características para entender mejor el cuerpo-palabra que somos. Así, la amatoria, la actividad sexual no solo proporciona sensaciones placenteras sino que se vincula con una intencionalidad existencial y es la expresión de las energías creativas del cuerpo-palabra en relación con otros. La amatoria crea y destruye, transforma al sujeto existente en su apertura carnal al otro, modela la vida y crea mundos relacionales en los que ocurren cosas que trascienden el universo de entre-dos. Es primordial que la mujer aprenda a cuidarse y evitar excesivo sufrimiento, tiene que valorarse y hacerse valer sin esperar que el otro sea bueno y justo con ella, tiene que elegir bien a sus compañeros y no dejarse tratar mal.
Las mujeres debemos preguntarnos cómo nos gustaría que fueran nuestras relaciones sexuales y hablar de ello con nuestras parejas, aunque sea difícil. La intimidad entre dos se va labrando en un tiempo compartido, es profundamente humana y nos trasciende. Parece mentira que los humanos continuemos con la ignorancia y el oscurantismo en los asuntos que nos atañen e importan como cuerpos-palabra existentes que somos. Sin duda se debe a la mala educación que se nos da para vivir en verdad, bondad y belleza existenciales.
Los cuerpos-palabra que somos creamos en cada instante, en cada caricia, en cada encuentro o desencuentro, influimos unos en otros. Ya es hora de que las mujeres lo hagamos con el claro propósito de ser sujetos existentes de pleno derecho a ser y a decir nuestras propias palabras; ¡creemos en hermosura! ¡Un mundo mejor es posible!
Todas esas cuestiones y más impregnan las páginas de este libro. La última parte “Susurros al viento” es una especie de resumen susurrante, un modo diferente de decir las cosas. Espero que la lectura de este segundo libro sobre el sujeto existente mujer sea un próspero viaje intelectual, útil en la búsqueda de comprensión de lo que somos.


Libro 3: Haciéndose mujer

 






Contraportada:

Este libro es el tercero de una serie de libros que versan sobre la mujer, sujeto existente, sexuado y sexual, corpóreo y real. En él tratamos de comprender cómo nos hacemos mujeres en continuada relación con otros en una sociedad dada con su cultura correspondiente. Es un proceso
existencial que tiene lugar en un cuerpo-palabra vivo, en constante transformación; es una increíble aventura de ser mujer, una libertad existente, que crea en cada latido. 
También este escrito es rebelde e invita a la reflexión desde una mirada femenina, con respeto, comprensión, humanidad y amor a la vida. Hablamos de la educación que recibimos las mujeres, de nuestra socialización, de la sexualidad femenina, del deseo y del amor, y lo hacemos en cada etapa evolutiva de nuestras vidas: en la niñez, en la adolescencia y en la edad adulta. 
Confío que este libro contribuya a clarificar qué cosas nos ocurren a las mujeres en nuestro trepidante viaje existencial, y que nos ayude a posicionarnos como sujetos de pleno derecho a ser, en igualdad social y justicia, comprendiéndonos, respetándonos, valorándonos y cuidándonos a nosotras mismas con el amor de una amiga auténtica. ¡Un mundo mejor es posible y podemos empeñarnos en lograr crearlo!  

Índice

Introducción
Haciéndose mujer
Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer
La mujer en la niñez
La mujer en la adolescencia
La mujer en la edad adulta
 
Susurros al viento

Haciéndose mujer
Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer
La mujer en la niñez
La mujer en la adolescencia
La mujer en la edad adulta

Bibliografía

Introducción

Este tercer libro de la serie “Sujeto existente mujer” versa sobre cómo nos vamos haciendo mujeres en una sociedad dada con su cultura correspondiente, pues, como decía Simone de Beauvoir, no solo se nace mujer sino que se llega a serlo. Se trata de un proceso biográfico de cada una, con acontecimientos y puntos de inflexión comunes y particulares, pero intransferibles y difícilmente narrables, porque suceden en un cuerpo vivo, con sus pensamientos, sueños, vivencias, deseos e intenciones personales. Nos vamos haciendo mujeres singulares en el vivir, desde ese sostenido latido existencial siendo mujeres y reconocidas como tales por los otros con quienes nos relacionamos. Nos hacemos en continuada interacción con los otros en un mundo que nos rodea y nos incluye, y que se va transformando en nuestro mirar, nombrar, actuar y crear.
También este libro es rebelde e invita a la reflexión. Creemos que pensar cuestionando lo dado e intentando comprender contribuye a hacernos más libres, unas creadoras de mundos más lúcidas en el crear. Cada una de nosotras es una libertad existente capaz de crear mundos mejores para vivir en ellos, más justos y humanos; capaz de crear con propósito consciente, crear en belleza, bondad y verdad profundamente humanas. En este escrito tratamos de la experiencia de vivir en nuestra piel sexuada en femenino y sexual, de cómo nos formamos en el devenir madurativo desde que nacemos hasta que morimos; y hablamos desde una mirada femenina, con respeto, comprensión y humanidad.
“Haciéndose mujer” se divide en cuatro capítulos, que abarcan el camino existencial de la mujer desde su infancia hasta su vejez, y tratan de aclarar qué nos sucede en cada etapa, qué deseos nos mueven, qué necesidades y motivaciones. Después, como en los otros libros de este proyecto, añadimos la sección de “Susurros al viento”, una especie de resumen susurrante de todo lo dicho en el libro, pero con un estilo diferente, que puede resultar más claro y conciso para el lector, muy útil para reflexionar sobre algunas frases y argumentos.
En el primer capítulo “Algunas consideraciones respecto al hacerse mujer” hablamos de las cuestiones comunes a nuestro caminar evolutivo, individual y colectivo, como la interdependencia entre los seres humanos, hondamente sociales y necesitados de relacionarse con otros; la comunicación, que siempre aporta información y nos va transformando con su “algo más”; la mutua influencia de unos sobre otros, apenas perceptible, pero constante en su acción performativa de los cuerpos-palabra que somos. Cada individuo es creador de mundos en sus relaciones con otros y no se da cuenta de que lo hace, ni sabe cómo lo hace, pero lo hace, quiera o no.
No hay dos mujeres iguales y cada una de nosotras crea mundos únicos e irrepetibles en sus interacciones con otros, despertando diversas potencialidades en estos, tejiendo en común con ellos realidades, que podrían ser otras. Esas continuas interacciones aportan significados con respecto a ser del sexo femenino, significados creadores de sentido existencial en el ser mujer, sentido que puede facilitar o dificultar el desarrollo de nuestras potencialidades como sujetos existentes. Tratamos de explicar cómo introyectamos ese sentido de ser mujer, que nos inclina a ocupar un lugar en el mundo relacional, y, poco a poco, aprendemos qué se espera de nosotras por ser del sexo que somos. Hablamos de la socialización del individuo en una cultura dada. El proceso de socialización del sujeto existente es siempre creador. Nuestra manera de conducirnos no es congénita, se moldea en un continuado aprendizaje en un orden social con su cultura correspondiente; paulatinamente, lo social y lo cultural se torna carnal existente.
Sin embargo, cada sujeto es un individuo activo, que puede transformar su existencia y la de los otros con sus acciones y elecciones, en su poder de decir “sí” y “no” con propiedad o sin ella. Así que, en cualquier instante cabe cambiar de actitud y decidir crear un mundo mejor para vivir en él, porque lo que creamos nos crea también a nosotras, independientemente de si somos conscientes de ello o no. Podemos ir cambiando nuestros guiones de vida desde la comprensión de lo que somos y de lo que hacemos con lo que somos, desde los cambios internos que nacen en nosotras y transmutan nuestros actos y nuestro mundo relacional.
Hablamos de los vínculos afectivos y del amor, que nos transforma y nos hace aprender nuevas verdades sobre nosotras mismas, sobre los otros, sobre las relaciones con ellos y sobre el mundo. El amor que sentimos empapa nuestro ser existente y nos transfigura con su intenso “algo más”. La caricia sentida nos da la vida y nos abre a otra piel viva. El amor y la humanidad se hilvanan en el tocar con afecto, en la caricia que moldea el cuerpo-palabra existente. No obstante, el amor que sentimos cambia en las distintas etapas evolutivas del sujeto, en concordancia con su nivel madurativo y sus necesidades.
También hablamos del sometimiento, del poder y de la dependencia. Los conocimientos que adquirimos en continuada interacción con otros performan nuestra carnalidad y la trascienden. El individuo va aprendiendo paso a paso, se aprende algo y eso le lleva a aprender después algo más... Nuestro mundo se amplía y se transforma constantemente conforme desarrollamos nuestras capacidades y aprendemos nuevas habilidades. Cada mujer es una historia inacabada mientras esté viva, y cabe elegir la prosa o el verso con los que la narramos; en cualquier caso, puede ser un canto de libertad y de hermosura en el ser carnal y real, única y maravillosamente imperfecta.
Nuestra vida es un proyecto consciente o no, que se oculta tras nuestras elecciones y decisiones. Tendemos a reproducir aquello que aprendemos en nuestro proceso de socialización, y ese proceso es diferente para los dos sexos. Los mensajes que internalizamos repercuten en las expectativas, sueños de felicidad, cometidos y papeles sociales. La diferencia sexual se entrelaza con la desigualdad social, característica del orden social patriarcal. La perversa y perniciosa premisa de la supuesta “inferioridad” femenina se inscribe de forma inconsciente en la carne existente que somos. La diferenciada distribución del poder social entre los sexos se graba en los cuerpos-palabra y nos moldea en nuestra carne existente, que siente y piensa en cada latido de su ser. Sin querer ni pretenderlo, sin ser conscientes de ello, nos convertimos en vivos recordatorios de las verdades establecidas, porque las comunicamos de modo inconsciente al relacionarnos con otros, no en vano la manera en que se nos socializa en un orden dado respalda el engranaje de poder de dicho orden. Si a las mujeres se les inculca desde pequeñas que el poder femenino es insano y aberrante, no tenderán a desarrollarlo, salvo que se rebelen y se posicionen conscientes en contra de esta creencia.
Así que hablamos de la jerarquía entre los sexos, que nos gobierna en el orden patriarcal; de la misoginia, del machismo y del androcentrismo, y de sus repercusiones en nuestras existencias. Esos discursos sociales propician una mala relación entre los sexos y entorpecen el desarrollo de los sujetos existentes que conviven en su influencia, porque los discursos sociales crean realidades, no pasan sin causar efectos en las personas y en sus interacciones. Poco a poco, y sin que nos demos cuenta, lo social y lo cultural se muta en carnal existente.
Las mujeres nos vamos haciendo en una cultura que estimula el desarrollo de unas “virtudes” femeninas, que nos conducen a una serie de creencias, expectativas, tareas, hábitos...; son códigos culturales que rigen la interacción entre los sexos y nos forman como individuos sociales. Cabe reflexionar sobre qué tipo de comportamientos femeninos se prescriben en nuestra cultura. ¿Por qué a las mujeres se las sigue alentando a gustar y a ser deseadas, y no se refuerza su condición de sujetos reales y carnales, dueños de sí mismas e independientes? ¿Por qué sigue siendo vigente en nuestras sociedades modernas el mensaje de que el poder femenino es la belleza? ¿Para qué sirve? ¿Qué desean las mujeres? ¿Desear ellas mismas o ser objetos de deseo de otros? Desear ser sobre todo deseadas se relaciona con la socialización de las mujeres en una cultura que ensalza la figura femenina como objeto de deseo del hombre. Es lo que se nos comunica desde pequeñas. Fijémonos de qué sexo son los héroes de las historias que se nos narra desde que nacemos. Generalmente, los héroes son los hombres, y las mujeres figuran como secundarias, como sus amadas y deseadas, sus colaboradoras o contrarias, y, también, como sus víctimas, pues el arquetipo complementario del héroe es el de la víctima. La identificación femenina con el papel de víctima debilita a las mujeres y las aleja del poder, perpetuando su posición social subordinada.
Y hablar de la cultura y de la socialización nos conduce a hablar de la educación. ¿Cómo nos educan a las mujeres? ¿Para qué se nos prepara? ¿Qué verdades nos cuentan? Nos nutrimos de una multitud de falsedades que conservan las relaciones de poder entre los sexos en el orden patriarcal. Se nos educa para adaptarnos a un orden social injusto y asumir el papel social del sexo con menos derechos y oportunidades reales para su desarrollo, de un sexo en desventaja social. Mediante la educación se logra que la dependencia y la subordinación de las mujeres sean muy profundas, y muchas se sienten realizadas en su papel de secundarias, satisfechas sirviendo al éxito de los otros. A las mujeres se nos educa para sentirnos contentas siendo del sexo subordinado socialmente, y se nos recompensa por aceptarlo y no rebelarse.
Asimismo, se nos enseña a tener miedo a la libertad, miedo a decidir, a ser protagonistas, miedo al rechazo, a la soledad, a la violencia, miedo al hombre... El miedo es un instrumento eficaz para limitar al individuo y encauzar sus acciones; el miedo sirve para controlar y dominar. También la culpabilidad sentida sirve para lo mismo, y sentirse culpable sin razón es algo muy femenino, porque hagamos lo que hagamos no nos podemos convertir en la medida de excelencia para los dos sexos, es decir, en un sujeto varón. Pero lo cierto es que no tenemos por qué adecuarnos a los modelos masculinos, lo que tenemos que hacer es reescribir nuevas formas de medir, las que no nos condenen a ser las eternas secundarias en comparación con los hombres. Los dos sexos son diferentes, magníficos en su ser sexuados y sexuales de igual valor.
La educación de las mujeres en nuestras sociedades patriarcales y androcentristas ha sido un eficaz instrumento para preservar el orden social dado haciéndonos sentir “naturalmente” inferiores como sexo. No se ha estimulado en la mujer la adquisición de una buena autoestima, no se han valorado sus obras, ni las cotidianas, necesarias para que la vida fluya, ni las excepcionales, que pasan sin ser destacadas. ¿Para qué hacerlo? ¿Para que se desordene el orden patriarcal? Si las mujeres siguen creyendo en su “inferioridad” e “insuficiencia”, en que la autoridad y el conocimiento les son ajenos, serán sumisas y colaborarán en su subyugación. Las mujeres deberíamos posicionarnos desde nuestro poder en el ser y entender que nadie puede hacernos sentir inferiores sin nuestro consentimiento consciente o no. Si las mujeres cuestionamos las verdades y las creencias internalizadas en nuestro proceso de socialización, nuestras experiencias de vida pueden cambiar y podríamos caminar más libres, más orgullosas de ser mujeres, heroínas de nuestras narraciones.
Por lo general, los individuos no somos conscientes de la forma en que nos relacionamos, ni de cómo influimos en otros con nuestras acciones y palabras. No nos educan para respetar la maravilla errante que es el ser humano, sino para ejercer poder sobre otros, para valorar el dinero y las posesiones. El tener tiende a suplantar al ser. No nos educan en justicia social sino en injusticia, que estructura nuestro orden social y normaliza el gobierno de los hombres sobre las mujeres, lo cual es nefasto para todos los sujetos, pues daña su ética. La infravaloración de las mujeres y los prejuicios contra el sexo femenino son un verdadero problema de las relaciones humanas. Es necesario abrir una gran interrogación en muchas cosas que hemos aceptado como verdades, y cuestionar, reflexionar y crear con el propósito de ser, ser en respeto, en igualdad y solidaridad entre los sexos, ser en un mundo mejor, en cooperación y entendimiento, y crear en hermosura humana. Una buena educación que predisponga a cada sexo a favor del otro es necesaria para lograr unas buenas relaciones entre ellos. Todas las personas formamos una inmensa red de intervenciones y relaciones, una red plástica, cambiante y constantemente activa. El poder de transformar la realidad está en las personas y se expresa en cada instante vivido. Somos nosotras las que podemos decidir qué camino seguiremos a partir de ahora, en este mágico momento que puede hacer nacer a la maravillosa mujer que cada una oculta en la hondura de su ser.
Todos, mujeres y hombres, podemos cuidar de otros, todos estamos capacitados para amar, empatizar y contribuir a que el otro se sienta a gusto y feliz. ¿Existe algo más noble, generoso y elevado? Sin embrago, en nuestras sociedades apenas se valora este tipo de creación sostenida. Las personas que aman y enseñan a amar deberían ser muy valoradas, pero, hoy por hoy, no es así en nuestras sociedades. De todas formas, el cuidar de otros no tendría que asociarse con el autodescuido. Es importante aprender a ser la mejor amiga de sí misma, es un verdadero tesoro existencial que nadie nos podrá quitar. Somos nosotras las que siempre estamos ahí, en nuestra sentida piel. La relación personal con una misma es la más decisiva que existe, es donde todo nace, donde se escribe la narrativa de vida propia, de la propia sexualidad, erótica y amatoria.
Cada mujer pasa por distintas etapas evolutivas en su maduración y esas etapas suceden en los cuerpos sexuados y sexuales que somos, no fuera de nosotras ni en un mundo de ideas a propósito de la condición sexual humana. Hablamos del cuerpo vivo, con su sexualidad, erótica y amatoria particulares, de la mala educación sexual que se nos da, la cual dificulta un desarrollo íntegro del sujeto mujer. Si las personas no comprendemos lo que somos, si no apreciamos el milagro existente que somos por ser reales, vivas y carnales, no nos desenvolveremos bien ni nos relacionaremos bien unas con otras. La realidad interna del individuo se prolonga en la externa, en la realidad compartida en relación y comunicación con otros. Deberíamos cambiar nuestra consideración de ser cuerpo, de ser sexuados y sexuales, asignarle el gran valor que supone ser sujeto existente real, reivindicar nuestra profunda y maravillosa humanidad. Las mujeres nos avergonzamos demasiado de ser cuerpos reales y no unos ideales incorpóreos, fantaseados por mentes que huyen de lo real, y, en su ceguera existencial, no valoran lo majestuoso del hecho de ser carnal, de estar vivo y crear mundos, únicos e irrepetibles en cada instante vivido.
Hablamos de qué deseamos las mujeres, de cómo nos comportamos en el amor y en el sexo, en ese continuum existencial trepidante que vivimos y que nos crea en ese proceso narrativo de lo que somos. Todo lo que tocamos cambia y las personas cambiamos en el tocar y ser tocadas. Las mujeres debemos decidir de una vez ser en primera persona y relacionarnos de igual a igual con los hombres, y elegir a los buenos, a aquellos que colaboran con nosotras y nos ayudan a vivir en justicia y humanidad. Es muy importante elegir bien y tener claro que el amor no lo justifica todo, que el mal trato no se debe consentir y, si existe, la relación con ese otro que trata mal no conviene. A todas se nos debe tratar bien y más las personas que se supone que te quieren y te desean.
Construirnos en sujetos es el gran tema de las mujeres, y se entrelaza con el logro de una vida propia, con un sentido propio de la existencia, no solo como ser para otros. La transformación en sujeto es un proceso laborioso y largo, requiere perseverancia, esfuerzo y compromiso, una determinación en el ser. No olvidemos que buscar el hondo placer de ser, de ser una mujer real que está a gusto en su piel, es una acción de rebeldía, un canto a la libertad que trastoca el mundo que nos rodea y a los otros con los que nos relacionamos. Las mujeres tenemos que aprender a mimar ese potencial placer de ser, de ser nosotras mismas, perfectas en nuestra imperfección real, y dejarle manifestarse en sus distintas formas en cada una de las etapas de nuestras vidas. Tenemos que concentrarnos en el momento presente y crear con propósito, conscientes, porque cada instante es un mágico y misterioso nacimiento de otros. Si dejamos morir a la gran mujer que existe en cada una de nosotras se perderán los mundos que podrían nacer de su intervención. De nosotras depende cambiar de mirada y empezar a valorar a nosotras mismas y nuestras acciones de una manera diferente, más humana y justa. La bondad, la solidaridad, el amor y el respeto mutuo son fundamentales para practicar la ética del cuidado en ambos sexos y lograr buenas relaciones entre ellos. De estas cuestiones y de muchas más tratamos en el primer capítulo.
En el siguiente, nos situamos en la niñez de la mujer. La historia de cada bebé nace en su comunión con las personas más allegadas, en una profunda y dramática dependencia para sobrevivir en el mundo. ¿Cómo la bebé adquiere los significados que le explican las cosas que existen y califican a las personas que interactúan en ese mundo? ¿Cómo se comunica con los otros e intenta controlar algo su incierta y menesterosa realidad? ¿Cómo crecemos y vamos madurando en el aprendizaje? ¿De qué modo el primer mundo sensitivo de la bebé pasa a ser también cognitivo?
Hablamos de las particularidades de esta etapa evolutiva de la mujer, de cómo vamos internalizando los significados, las “verdades” y los comportamientos atribuidos a nuestro sexo, de las características y circunstancias de hacerse mujer, de nuestro desarrollo diferenciado, pues acontece en un cuerpo-palabra sexuado en femenino, no fuera de él. Las habilidades y los intereses de las niñas se distinguen de los de los niños, y es bueno tenerlo en cuenta. Los dos sexos no son lo mismo, la diferencia sexual existe y habría que no ignorarla, habría que darle valor, pues es humana, es real, es nuestra.
Este capítulo trata de cómo vamos madurando en la niñez, cómo se nos socializa en un orden dado con su cultura correspondiente; trata de la educación y del constante aprendizaje, tanto en la familia como en la escuela; de la adquisición de habilidades tan importantes y vitales como el tocar, comunicarse, hablar, besar, confiar, leer, comportarse, relacionarse, jugar con otros, compartir, tratar a los demás, amar... ¿Qué verdades y comportamientos aprenden las niñas? ¿Para qué sirve este aprendizaje? ¿Qué consecuencias tiene? Nuestras experiencias modelan lo que somos y derivan en expectativas; vamos escribiendo la narración de nuestra existencia palabra a palabra vividas.
La familia, la escuela y el grupo de iguales son unos eficaces instrumentos socializadores de las niñas, por eso nos detenemos en ellos y en cómo educan. ¿Cómo preparan a las niñas para ser en el orden social en el cual se relacionan con otros? ¿Qué desarrollo fomentan? ¿Qué peculiaridades cabría destacar de las niñas en su familia, en la escuela y en sus relaciones con sus pares?
En cada etapa de su desarrollo las niñas cambian y asimismo cambian sus formas de percibir el mundo, su estar en él, su conciencia de ser, sus maneras de relacionarse con otros, su cuerpo existente, sus pensamientos, emociones, vivencias, deseos, sueños, intenciones conscientes o no. En cada etapa, conforme las niñas van madurando, emergen nuevos mundos, y ellas tienen que aprender a desenvolverse en ellos y seguir avanzando o no. Para poner orden en su realidad y entender tantas novedades existenciales se recurre a la inteligencia, que se va desarrollando en el uso. La conciencia de ser de la niña va madurando.
También hablamos de la sexualidad de la niña, de la identidad sexual, de lo que desea la mujer en la etapa infantil, de la masturbación, las fantasías sexuales y los juegos, de los abusos y posibles traumas biográficos, de las primeras experiencias en el amor y en el sexo, y de la educación sexual. ¿Qué pasaría si diésemos una buena educación sexual a nuestros pequeños de ambos sexos? ¿Qué pasaría si las niñas aprendieran a sentirse orgullosas en su sentida piel, sexuada y sexual? Sin duda, el mundo en que viviríamos todos sería más feliz y digno, un mundo mejor. Influir en la felicidad de las personas debería de ser la base de la educación sexual y también de todas las relaciones humanas.
El siguiente capítulo trata de la mujer en la pubertad y la adolescencia, etapas repletas de grandes y sorprendentes cambios, de nuevas vivencias que enriquecen el bagaje biográfico del sujeto mujer. Su cuerpo se transforma y su conciencia de ser cambia también, se vuelve más racional y reflexiva, más ecológica y responsable; cambia su mundo entero, ampliándose más, y tornándose más profundo. La adolescente ya es capaz de reflexionar sobre sí misma, sobre el mundo y los demás. Es una época de dudas, cuestionamientos, inseguridades, descubrimientos inesperados, nuevas vivencias y frecuentes crisis identitarias. El sujeto mujer va avanzando por su senda existencial hacia su potencial autonomía.
Hablamos del despertar hormonal cíclico que acontece en esta etapa, de la menstruación, una importante experiencia, pues reorganiza la imagen corporal de la adolescente y su realidad, introduciendo nuevas capacidades y peligros, reafirmando su identidad sexual e intensificando las vivencias corporales. Las chicas se vuelven conscientes de sus genitales, que, además, sangran mensualmente. Su esquema corporal y la relación consigo misma y con los demás cambian. También cambia su desear. Las adolescentes empiezan a darle mucha importancia a ser deseadas por los demás. Internalizan que la belleza es un claro valor para la mujer y un poder femenino para ascender socialmente en el orden social en el que conviven con otros. Por lo general, las chicas cuidan su aspecto y aprenden a comportarse para atraer a otros.
Las adolescentes también apuestan por el ritual académico para ascender socialmente, procuran ser buenas estudiantes, porque en ello les va el lograr tener una profesión, una vida propia sin depender económicamente de otros: cuestión radical en el planteamiento existencial de cada sujeto adulto. Además, ser buenas estudiantes se relaciona con la “honra” femenina de esta etapa, con ser “buenas” chicas y no dar disgustos ni problemas a sus padres.
En este capítulo, dedicado a las transformaciones adolescentes del sujeto existente mujer, hablamos de muchas cosas: de las peculiaridades femeninas en el desarrollo, de la socialización y la educación en la familia, la escuela y en el grupo de iguales, de la relación con ambos padres y el conflicto con ellos, de las traumas y posibles abusos, de la autoestima, los frecuentes trastornos alimentarios, nuevos impulsos instintivos y miedos, de los afectos y del amor, de la sexualidad, la erótica y la amatoria adolescentes, de la educación sexual... ¿Qué educación sexual reciben las adolescentes? ¿Les ayuda a aprender a relacionarse bien consigo mismas y con los otros?
Es muy importante comprender lo que somos y qué nos sucede para poder cambiar aquello que no nos hace bien y comenzar a caminar más erguidas por la vida, más orgullosas de ser mujeres, sujetos existentes con plenos derechos a su propio desarrollo. Las adolescentes pueden aprender a ser sus mejores amigas, las que siempre apoyan y ayudan, las que saben decir “sí” y “no” a sí mismas; pueden aprender a confiar en sí mismas; a quererse y respetarse de verdad a sí mismas; a pensar bien y diferenciar los pensamientos que les ayudan a vivir a gusto en su propia piel y crecer, de aquellos que les hacen daño y dificultan su caminar. No se suele enseñar estas habilidades a las adolescentes, pero qué importante es desarrollarlas.
En esta etapa, las chicas pueden asumir que su vida es el asunto más importante para ellas y la tienen que construir bien. Además, pueden tomar una gran decisión: no ser misóginas, y comportarse de forma solidaria con sus compañeras. El buen trato entre mujeres es un valor a cultivar y cabe comenzar a hacerlo siendo adolescentes. Asimismo, es muy importante que las chicas aprendan a exigir un buen trato en sus relaciones con otros, y eso implica tener muy claro que el amor no lo justifica todo, que las personas que te aman de verdad no te tratan mal, sino que intentan cuidarte y ayudar; implica aprender a identificar los posibles riesgos y evitarlos, y decidir, siempre que sea posible, no vivir experiencias dañinas. Las adolescentes pueden construir una buena existencia para sí mismas, que repercutirá en la de los demás con los cuales se relacionen.
Hablamos de la sexualidad, la erótica y la amatoria, de la masturbación, el primer coito, los orgasmos... Las adolescentes sueñan con el amor y con encontrar a esa persona con la que formarán una pareja. Las chicas fantasean e imaginan, construyen sus deseos y sus fantasías desde lo conocido, desde lo que perciben en su medio social con su cultura correspondiente. Su soñar se perfila en las narraciones de otros, que reciben por doquier. Es bueno que las adolescentes conozcan sus fantasías e ideales de felicidad, porque las pueden motivar a crear unas realidades y no otras, también posibles.
Es importante que las adolescentes se comprometan con su propio desarrollo como sujetos existentes que son, que se relacionen con los otros que les hacen bien, que logren crear buenas relaciones con otros y eviten las relaciones perjudiciales, que aprendan a cuidarse de verdad, que se rodeen de estímulos que cultiven su mente: con buena música, lectura, cine, teatro, arte, conversaciones... El entorno influye en nuestro desarrollo y puede favorecerlo o dificultarlo. Es conveniente que las chicas comprendan que el cultivo de sí es tarea de una misma.
También es importante hacer ejercicio, aprender a comer bien, evitar los hábitos tóxicos como fumar, consumir alcohol o drogas... El tabaco y el alcohol son unos tóxicos muy potentes y destructivos para las adolescentes. Las chicas pueden decidir no dañar sus organismos, porque es bueno para ellas, y tomar esta decisión es una muestra de inteligencia. Son ellas las que deben cuidar de sí mismas, cuidarse con profundo respeto y amor hacia esa frágil fortaleza carnal que son. La vida es para vivirla bien, para disfrutar con el viaje existencial y crear cosas y actos de los que podamos estar orgullosas y que contribuyan a que ese maltratado mundo nuestro sea mejor. En eso creo, en que todos somos importantes para construir un mundo mejor en que vivir junto a otros, y, en un momento de nuestro caminar existencial, podemos darnos cuenta de esto y decidir crear con mayor lucidez, propósito y humanidad, con más amor y cuidado.
El último capítulo trata de la edad adulta de la mujer y abarca la juventud, la madurez y la vejez. ¡Cuántos acontecimientos en esta larga y apasionante etapa! El objetivo óntico del sujeto adulto es llegar a realizarse como tal, sujeto autónomo, dueño de sí mismo y de su vida. La autorrealización supone desarrollarse como persona y ser responsable de sí misma, implica integrar las múltiples facetas como sujeto social de pleno derecho, objetivo que no siempre se logra, pues requiere un esfuerzo continuado, perseverancia y cierta rebeldía en el ser mujer en un orden patriarcal, que ni valora ni honra el trabajo personal que supone conseguirlo. No se educa a las mujeres para ser sujetos sociales de primer orden, ni se legisla protegiendo sus oportunidades para combinar la condición de trabajadora o profesional con la de ser madre. No se les enseña el sentido de valía independiente. El orden patriarcal favorece que las mujeres vivan a través de los demás en vez de pretender su propia realización como sujetos existentes de pleno derecho a ser en primera persona.
La socialización de la mujer suele provocar la ignorancia de sus potencialidades, subrayando algunas de sus facetas, útiles para preservar el orden establecido y la relación entre los sexos que lo perpetúa. Las mujeres adultas tienen que aprender a vivir a pesar de..., a rebelarse para ser y a deshabituarse a estar en un segundo plano en la propia narración de sus vidas. Las mujeres adultas tenemos que desaprender muchas cosas, y decidir comportarnos como sujetos de pleno derecho al propio desarrollo en nuestras relaciones con otros. La mayor parte del comportamiento es inconsciente y el “darse cuenta” es un paso importante para crear una realidad relacional nueva, más interesante y digna para el sujeto existente mujer. No olvidemos que el sentido de la existencia se organiza en torno al relato que se hace de ella.
Hablamos de los temas ocultos que estructuran nuestras vidas narradas en femenino, temas decisivos que, sin embargo, pasan desapercibidos para nosotras mismas. ¿Qué es lo importante para las mujeres en sus vidas? ¿Qué motivaciones las mueven en su manera de decidir? ¿De dónde nacen esas motivaciones? ¿Qué valoramos las mujeres? ¿Por qué muchas mujeres se conforman con el papel de subordinadas sociales y se sienten satisfechas e, incluso, felices en su desempeño?
Nos detenemos en el matrimonio y en la maternidad, y procuramos hablar con autenticidad existencial, sin idealizarlos ni demonizarlos. ¿Qué supone para la mujer ser madre? ¿Cuál es la letra pequeña de ese trascendente contrato? La mujer cambia al casarse, y más al ser madre, todo su mundo cambia, tanto el externo como el interno. Después de ser madre ya no podrá prescindir de esa condición, salvo excepciones, que las hay, y sentirá un profundo vínculo con sus hijos, vínculo emocional del que quizás no logre desprenderse nunca, pues sus hijos se crearon dentro de ella, fueron en su interior y lo transformaron más allá de la voluntad de la mujer. Hablamos de las relaciones de la madre con sus hijos de ambos sexos, pues existen peculiaridades en el trato con ellos dependiendo del sexo del que son, y eso sucede tanto si lo queremos como si no, sin que nos demos cuenta de eso.
Es bueno que los dos sexos comprendan que hay grandes diferencias entre ellos, y esas diferencias se manifiestan en distintas esferas, no solo en su anatomía, sino también en su psiquismo, en su esfera emocional, sensibilidad, expresividad, palabra, gesto, mirada, autoestima, sexualidad, erótica y amatoria, que van moldeándose a lo largo de esta etapa adulta. Si ignoramos las peculiaridades de ambos sexos seguramente no llegaremos a entender lo que somos y no podremos relacionarnos bien. No debemos quitarle el valor a ser sexuados y sexuales, nos deshumaniza relegándonos a vivir en el mundo de las ideas a propósito de... Somos reales, somos carnales, y a mucha honra. Somos unas fascinantes y continuadas fuentes de creación. No reduzcamos nuestra inmensa profundidad carnal a una ablativa caricatura. Comprender y valorar nuestras diferencias es importante para que nos relacionemos mejor, de igual a igual, con respeto entre los sexos y admiración mutua.
El cuerpo-palabra de la mujer adulta se va transformando en la etapa adulta, su energía va cambiando con los años. Queramos o no, no podemos salir del cuerpo que somos, aunque algunas se ubiquen en el espejismo de ser incorpóreas; vivimos en y desde nosotras mismas corpóreas y reales. El cuerpo, entendámoslo o no, está vivo y se expresa constantemente sin palabras dichas en una increíble fisiología interna. Todo lo que vivenciamos tiene su traducción interna en diversas sustancias, hormonas, neurotransmisores, activaciones celulares, transformaciones pasajeras o permanentes... El cuerpo cambia en los embarazos, la lactancia, la menopausia, la vejez... Nos detenemos en esos períodos existenciales y en cómo influyen en la sexualidad femenina, en nuestra erótica y amatoria.
¿Qué es lo “normal” en la sexualidad femenina? Mientras las mujeres corroboremos las “verdades” de siempre, referentes a nuestra sexualidad, seguiremos contribuyendo a que se nos ignore como sujetos sexuales de igual valor y derechos que nuestros compañeros los hombres. Reconocerse como sujetos sexuales implica valorar la propia condición sexual. La sexualidad femenina no debe convertirse en servil reflejo de la masculina, tiene sus propias palabras y ricas peculiaridades por conocer. Las mujeres deberíamos reconocer y honrar nuestras propias vivencias, así nos conoceríamos mejor; deberíamos aceptar y legitimar nuestras experiencias de mujeres. La belleza, la verdad y la bondad anidan en el cuerpo-palabra sexuado en femenino, y podemos disfrutar hondamente descubriendo y reivindicando nuestra propia sexualidad. ¡Cuántos placeres! Sentir placer en la existencia diaria es una acción de rebeldía de la mujer, pues ella no se resigna a su apocamiento en el ser. No olvidemos que todas las mujeres, tengan la edad que tengan y sean como sean, pueden sentir placer en su viva piel, un placer profundo, reconfortante, gratuito, libre, creador... Tenemos que darle valor al placer en el ser mujer y aprender a cuidarlo como un auténtico tesoro existencial.
También hablamos de las excitaciones y de los orgasmos femeninos. ¿Qué nos ocurre cuando nos excitamos? ¿Qué peculiaridades tienen los orgasmos femeninos? Nos detenemos en la experiencia del primer orgasmo, en la masturbación adulta, en el primer coito, en cómo vamos madurando sexualmente las mujeres, en cómo cambiamos con la edad...
Y ¿qué sucede con nuestro desear, con nuestra erótica? ¿Qué desean las mujeres? ¿Cómo van transformándose sus deseos y sus fantasías, sus imágenes de felicidad soñada? El imaginario de las mujeres es un rico y secreto paraje, que las nutre con las diversas ensoñaciones que colorean su cotidianidad. ¿Con qué sueñan las jóvenes? ¿Esos sueños permanecen inalterables a lo largo de la etapa adulta? Asimismo nos detenemos en la orientación del deseo de la mujer adulta. ¿La orientación del deseo de la mujer adulta puede variar con los años? Explicamos las peculiaridades del deseo sexual femenino y sus matizaciones en los tiempos vividos de la mujer.
Por último, hablamos de cómo nos conducimos las mujeres adultas en el amor y en el sexo. ¿Nuestra amatoria cambia con la edad? Hoy en día, las relaciones sexuales y las amorosas ocurren a cualquier edad. ¿Qué buscamos las mujeres adultas en el amor y en el sexo? ¿Hablamos de ello con nuestras parejas? ¿Es fácil hablar de sexo y del amor con los hombres? ¿Cuándo aprendemos a decir “no” sin sentirnos culpables? ¿En qué momento nos armamos de valor para plantear las cosas que nos afectan de manera sincera, con asertividad existencial? ¿Por qué a veces repetimos las mismas historias con diferentes personas? ¿Cómo puede suceder esto? ¿Qué nos hace el amor y el sexo? ¿Existen las relaciones tóxicas? Las mujeres tenemos que tener cuidado al elegir a esos otros con quienes nos relacionamos, pues los errores pueden costarnos demasiado caro, incluso la vida. Tenemos que cuidarnos a nosotras mismas y no ponernos en riesgo ni en nombre del amor, ni en el del deseo, bondad, generosidad o sacrificio. No tenemos que expiar ninguna culpa por ser mujeres.
Es importante que las mujeres sigamos aprendiendo y conquistando el saber. Tenemos una ardua tarea: desaprender muchas de las cosas aprendidas, cosas que nos impiden ser en libertad, realizarnos como sujetos existentes de pleno derecho, en igualdad social y justicia. Confío que este escrito contribuya a que lo logremos. Esta es mi intención, la energía que me mueve y me sostiene en este ambicioso proyecto de escribir sobre el sujeto existente mujer.

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