sábado, 2 de febrero de 2019

El prejuicio de la supuesta inferioridad del sexo femenino pesa como una losa en nuestro caminar día a día, dificulta nuestro desarrollo, nos vacía en el ser mujer. Se hilvana de forma explícita e implícita en los sistemas de representación de los sexos. Si las mujeres recurrimos a esos sistemas de representación, solo nos resta negar lo que somos, por no disponer de palabras que lo expresen rescatándolo de lo inconsciente indeterminado, mudo y sin nombre. Así, las mujeres aceptamos llevar la equivocación en nosotras mismas, que somos fallidas e inadecuadas en nuestro ser sexuado y sexual. Es el malestar que no tiene nombre. Habitamos un espacio de exclusión simbólica, interna al orden establecido, es decir, que forma parte de ese orden y lo mantiene. En dicho orden, las mujeres carecemos de un discurso propio, salvo para la queja y la protesta ineficaz, que corroboran y fortalecen todavía más lo establecido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario