Nuestra
mala educación para vivir la propia narración existente es una
prisión mental, que nos constriñe más que cualquier otra externa y
real. Se nos enseña a temer y a sentirnos culpables si nos alejamos
de las normas establecidas, de los estereotipos internalizados en
nuestro proceso de socialización, los cuales nos dictan cómo
debemos ser las mujeres, ignorando con frecuencia cómo somos. No es
de extrañar, pues los estereotipos son composiciones que nacen en un
orden de cosas determinado, contribuyendo a su perpetuación; no son
subversivos, son conservadores de dicho orden.
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